Pasaron los meses y la guerra avanzaba con facilidad, como la espuma devorando los castillos de arena.

Entonces subió el volumen

Pasaron los meses y la guerra avanzaba con facilidad, como la espuma devorando los castillos de arena. Pero ese día sonó el primer atisbo de rock en el planeta.

El adolescente estaba sentado en el piso, con la espalda apoyada en su cama y la cabeza recostada en el colchón. Escuchaba música. Miraba el techo como quien mira cuando tiene los ojos cerrados.

Entonces, de la radio que tenía colgada con un gancho de la pared, comenzó a sonar eso que algunos años después sería considerado como la primera semilla del rock en la historia de la música. Era la primera vez que algo así se transmitía en cualquier estación del mundo.

El adolescente levantó la cabeza. La armonía le recordó los colores del atardecer en el que el padre se fue a la guerra. Sintió cómo se le acumulaban las lágrimas en el borde de los ojos. Las contuvo tanto que finalmente se le derramaron hacia dentro, acumulándose en su cabeza. Sentía como si Dios le estuviera contando un secreto.

La música estallaba con fuerza y el adolescente tenía la sensación de que en cualquier momento todo se iba a reventar.

De pronto, a lo lejos, cayó una bomba. El ruido se estrelló contra la ventana de su habitación. Sonaron también alarmas y gritos. El adolescente no hizo caso, cerró las cortinas y se arrodilló frente a la canción. Miró la radio como quien mira un crucifijo. Miró la radio como probablemente todas las madres en ese momento miraban sus respectivos crucifijos en sus respectivas habitaciones. Miró la radio como probablemente el padre en ese momento miraba el atardecer por última vez en su vida.

Entonces subió el volumen. Y pensó que subir el volumen de una canción siempre es un acto sagrado. Pensó también que escuchar música se siente exactamente igual que contemplar un atardecer, y pensó que toda contemplación de atardecer es un acto sagrado. Pensó, pues, en todo lo sagrado. Así, el adolescente rezaba sus propias plegarias.

Adentro, las música reventaba con fuerza, afuera, reventaron en ese momento dos bombas más. Era complicado diferenciar. Afuera, la gente gritaba “Dios santo, sálvese quien pueda”; adentro, la radio cantaba “Dios santo, algo está cambiando”. El adolescente, con la cabeza llena de lágrimas y el cerebro remojado en sal, no entendía bien qué era lo que estaba cambiando, pero sí entendió que una guerra se desataba con fuerza dentro de su radio.

En ese momento, la madre golpeó su puerta con brusquedad.

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