¿Es mía la culpa cuando no me gusta un libro?

El autor evidentemente no tiene la culpa si no me gusta lo que escribió, pero yo tampoco.

Cuando decidí que iba a leer un libro sin saber mucho al respecto para que mis expectativas no arruinaran la experiencia, pensé que había resuelto la trampa en la que siempre me encontraba. Que un libro me guste o lo repudie está influenciado, en un principio, por la forma en la que me han vendido el libro, la portada, la descripción en la contraportada, las reseñas de otros escritores. Por el otro lado, las reseñas y opiniones de otras personas, la calificación que le habían dado, los premios ganados y los otros libros del autor. ¿El resultado? Para el momento en el que mis ojos se posaban en la primera página, ya tenía idea de hacia dónde iba y qué podía esperar.

Muy comúnmente tomamos la decisión de qué libro leer con base en las opiniones de otros que encontramos en artículos, videos o en las aplicaciones que usamos para registrar nuestras lecturas. Pensando en mis propios criterios a la hora de calificar me doy cuenta que me quedo un poco corta, e inevitablemente mi opinión va a ser subjetiva. Usualmente intento calificar con 5 estrellas únicamente a los libros que de una forma u otra “son trascendentes” o cuya temática toca alguna fibra que yo considero representativa de nuestra humanidad, pero aún esa calificación no logra darle sentido por completo a mis pensamiento.

Puede que mi razón para disfrutar o no alguna historia ni si quiera tenga que ver con como resulta calificado de acuerdo con mis propios estándares. Puede que solo tenga que ver con mi humor durante ese día, con mis experiencias al momento de leer el libro, con mi salud mental, con el tiempo que tengo, con qué otros libros estoy leyendo, etcétera. Lo peor: inevitablemente mi opinión se una a la piscina de calificaciones ajenas y se muestran públicamente como una mezcla de ideas subjetivas y momentos aislados que poco tienen que ver con “la verdad”.

Pero es evidente que el problema solo crece entre más nos detenemos a contemplarlo, y es que si solo puedo evaluar un libro de forma subjetiva, no es si quiera relevante que lo haga. Solo quedaría entonces la crítica, lo que dice la academia o los expertos sobre el libro. No es su culpa, claro, pero la condición humana los hace también imprimirle subjetividad a su opinión, sin importar la parcialidad o lupa con que lo quieran analizar. Es por eso que se sigue y seguirá estudiando a la literatura: “la verdad” en algo sin fórmulas exactas y satisfactorias es inalcanzable.

Eso, ciertamente, no es malo. Leer literatura dista mucho del placer, que supongo existe para algunos, que hay en las matemáticas. La belleza en parte de esta actividad solitaria que disfrutamos tanto está precisamente en la falta de patrón, en la nueva aventura que nos trae cada libro. El autor evidentemente no tiene la culpa si no me gusta lo que escribió, pero yo tampoco. El abanico de posibilidades es tan grande que si lo que leo no me agrada, siempre habrá algo que sí. La decisión de si públicamente criticar alguna obras, y más en esta época moderna en que la voz de todos se amplifica con las redes sociales, es igual de personal que la opinión misma. Muchas veces se volverá solo ruido vacío, pero en alguna de esas ocasiones quizás le ayude a alguien a encontrar su siguiente libro favorito.

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