Libros de autoayuda y la eterna optimización

Lo intentaría nuevamente cada cierto tiempo, y de nuevo dejaría escapar el ímpetu.

Cuando tenía como 11 años leí en algún lugar una frase barata que decía algo como: “Lo que sea que estés haciendo siempre puedes hacerlo mejor”. Corrí a contarle esa buena nueva a mis papás, para luego regresar a mi cuarto y vaciar mi clóset al suelo para reorganizarlo. Mi papá entro un rato después y me dijo que le gustaba mucho que estuviera dispuesta a mejorar todo el tiempo. No lo voy a culpar por todo lo que vino después, principalmente porque estoy segura de que siempre he sido así, pero recuerdo vívidamente ese día porque ese aspecto de mi personalidad que creía privado se cimentó, o así me pareció, en la opinión pública. Si mi papá coincidía conmigo, ¿por qué no iba a ser verdad? La máquina de optimización empezaba.

Un poco antes de ese momento, y por un tiempo después, consumí muchos libros que podrían denominarse de autoayuda. No crean intento desapegarme del término por considerar lo que yo leyera más dignificado que algún texto sobre cómo sobrellevar un corazón roto. Durante ese tiempo me leí todo de Daniel Goleman, Stephen Covey, y sus similares, y construí mi personalidad alrededor de la idea de que quien sea que fuera en ese momento simplemente no era suficiente. Tenía que optimizarme, ser la mejor versión de mi misma cada segundo, alcanzar mi potencial y todas esas metas inocuas que textos por el estilo suelen proponer.

Sin embargo, aunque parte de mi necesitaba de instrucciones claras sobre cómo vivir, otra parte de mi batallaba constantemente con no querer tener nada que ver con el tema. Si lo hubiera sabido en ese entonces, quizás podría haberme ahora etiquetado como nihilista y encontrar ahí satisfacción, pero la palabra tardaría un tiempo en llegar. Aún así, todos los planes que intentaba sostener para lograr un futuro perfecto se deshacían en mis manos cuando después de un tiempo la motivación escapaba. Ya no me interesaba reordenar mi clóset, levantarme todos los días a las 5am, hacer ejercicio diario o practicar algún “buen hábito”. Lo que yo siempre llamaba ‘flojera’ emanaba de mis huesos, me empujaba a detenerme y solo seguir haciendo lo que hacía antes sin la satisfacción de que lo estaba haciendo by the book.

Creo estar en lo correcto al asumir que a todo el mundo le ha pasado algo similar en algún ámbito de su vida, pero en ese momento parecía que la única hecha para fallar constantemente era yo. Lo intentaría nuevamente cada cierto tiempo, y de nuevo dejaría escapar el ímpetu. Esto penetró en mi personalidad tanto como aquella afirmación positiva de mi papá, a tal punto que hasta hace poco me fue posible dejar ir o por lo menos comprender de dónde venía todo esto. Estaba leyendo un libro de ensayos escrito por Jia Tolentino titulado “Falso Espejo: reflexiones sobre el autoengaño” y me caí en cuenta. Los ensayos tratan desde el efecto del internet en nuestra psique hasta anécdotas personales de cuando la autora fue parte de un reality show. En general a veces sentí que los temas que tocaba prometían revolución cuando en realidad lidiaban con temas un poco obvios, pero en el tercer ensayo Jia escribe sobre la eterna carrera de optimización que sigue una mujer promedio, el querer ser “la mujer ideal”.

Escribe: “Todo en [la mujer ideal] ha sido controlado de forma preventiva hasta el punto de que puede permitirse la impresión de espontaneidad y, lo que es más importante, la sensación de ello: después de haber trabajado para librar su vida de obstáculos artificiales, a menudo se siente legítimamente despreocupada.” Yo, por el contrario, estaba bastante consciente de lo mucho que me costaba una tarea tan sencilla como verme presentable para la oficina. Pero justo entre las páginas de ese ensayo me di cuenta que la optimización estaba enraizada, entre otras cosas, en la productividad capitalista; pero más que nada que todo era una farsa. No era yo la que constantemente lo intentaba y fallaba, éramos todos intentando y fallando pero en privado. Nadie discute lo difícil que es mantener el teatro, al menos que sea el preámbulo para hablar de el secreto al éxito.

Por un tiempo la respuesta a mi paz mental parecía sencilla, parecía envolverse en unos cuantos esfuerzos que a la larga se sentirían que habían valido la pena. Sólo tenía que levantarme temprano, hacer ejercicio, encontrar mi estilo, ingerir alimentos tanto nutritivos como deliciosos, mantener contacto con amigos y familia, esforzarme en el trabajo y dormir temprano. Solo eso y todo lo demás caería en su lugar. El dinero, el pilar sobre el que se sostiene la sociedad que hemos construido, sería irrelevante porque vendría solo, la felicidad por ende también, el éxito académico, la utopía personal. En ese estado ideal podría creerle a las cuentas de Instagram de todos mis conocidos, la felicidad embotellada, porque yo también estaría viviendo espontáneamente y sin preocupaciones. Y cuando alguien preguntara cómo había llegado tan lejos, quizás podría atribuirme todo a mi misma, o mencionar al azar algún libro. “Todo fue gracias a ‘Hábitos Atómicos’ de James Clear” diría. Solo hay que seguirlo al pie de la letra.

Ahora quizás veo amargamente todos esos libros de autoayuda a los que le dediqué tanto tiempo, en los que puse mi fe y esfuerzo de ser yo de verdad, no lo que fuera que era en ese momento. Pero con el reconocimiento de, en primera, la futilidad de leer 300 páginas sobre una idea que podría redactarse en quizás un par de páginas, y en segunda que mi avance como personaje puede irme sucediendo a la par de mi vida, sin la necesidad de forzarlo, me llevaron a verme a mí misma con más claridad. El falso espejo se aclara un poco cada que analizo de dónde viene mi necesidad para hacer tal o cual actividad o tomar ciertas decisiones. Sigo jugando el juego en el que todos estamos metidos de productividad para subsistir, pero ahora se siente un poco más honesto cuando me doy cuenta que está bien no ser nada más que lo que necesite ser en el momento. No se siente ya como una falla de carácter el un día despertarme a las 5 para ver una película antes de empezar a trabajar, y otro asegurarme de estar suficientemente despierta a las 8am para poder leer mis correos. El siguiente paso, quizás, es poder deslindar la estructura de mi día de a lo que sea que me dedique en el momento, pero me conformo con tener claridad en mi reflejo.

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