Ocurre que la filosofía procura en quienes la cultivan, una personalidad egocéntrica, no depresiva, más bien, orgullosa.

La filosofía y la sofofilia

  1. La palabra “filosofía”

Siempre que una persona no letrada, víctima de la curiosidad, se entera que fulanito de tal estudia filosofía, las preguntas inmediatas que le invaden se cargan de una exigencia tan grande que terminan brotando de modo inmediato. Así, nuestro recién informado de que está ante alguien que va rumbo a convertirse en filósofo, con todo derecho, interroga: “¿A qué se dedican los filósofos?, ¿qué es lo que tú estudias específicamente?, ¿por qué decidiste ser filósofo?, ¿cuál es tu opinión como filósofo de tal o cual tema?, ¿dónde trabaja un filósofo?”

Seguramente, cualquiera que sea estudiante de filosofía, que se haya topado con un estudiante de dicha carrera, o con un filósofo ya licenciado, acreditado y legitimado  por su casa de estudios, se ha puesto a examinar este cuestionario tratando de darle respuestas definitivas (o, al menos, satisfactorias) motivado únicamente por completar su conocimiento mínimo de cultura general. Y, probablemente, lo que se habrá sostenido es lo más corriente: que la palabra filosofía proviene del griego philos (amor) y  sophia (sabiduría), por lo tanto, la dichosa palabra filosofía significaría: el amor al saber. Incluso, dando un salto más atrevido, se podría llegar a defender que la filosofía sería:

1) la necesidad de saber y conocer de todo un poco,

2) la búsqueda de la sabiduría por la sabiduría misma,

3) y la incesante persecución de la verdad definitiva.

Estos tres puntos, de alguna forma, están contenidos en la idea de filosofía como amor al saber. En consecuencia, para la persona que llegue a esta conclusión, la imagen de la filosofía se convierte en una especie de incesante investigación sobre cualquier saber, sea el que sea. Asimismo, los filósofos se entenderían como seres exclusivamente interesados en dedicarle demasiado tiempo a las lecturas, búsquedas bibliográficas, o investigaciones acerca de tópicos interesantes (aunque poco cotidianos). Principalmente, el desprendimiento y el desinterés económicos, serían los rasgos más notorios de su accionar porque ello exigiría que toda su actividad intelectual no necesite pedir nada a cambio (a no ser que sea el conocimiento mismo). Finalmente, se concibe al filósofo como alguien distraído de lo más común pero concentrado en cosas profundas, porque en todo lo que piensa intenta encontrar la verdad de las cosas, el fundamento de todo y la raíz de los problemas.

Esta visión de la filosofía, que es la más tradicional y preponderante, encuentra su explicación en el sistema de vida, que hace posible enfocar a la susodicha tal y como se la ha descrito hace poco. Para ser honestos, tendremos que indicar que la concepción y/o definición de cualquier actividad humana se relaciona inevitablemente con el sistema político y social que garantiza el mismo statu quo.

  1. La filosofía y el sistema

La siguiente estrategia argumentativa involucra que examinemos otras palabras emparentadas con el vocablo filosofía. Por ejemplo, tenemos: la filarmonía, la filatelia y la filantropía. Estos términos aluden, respectivamente, a una afición por la música o el canto, a un arte de conocer los sellos de los correos, y al amor hacia el género humano. Analicemos este último concepto por ser más afín al significado de filosofía. Con filantropía nos referimos a la predisposición que tienen aquellos que actúan para privilegiar al hombre mismo, sin buscar ganancia alguna a cambio de ello. Estos también son llamados humanistas porque sus ideales se vinculan al respeto y a la máxima valoración de la dignidad del ser humano. Haciendo un paralelismo entre ambos conceptos, podemos plantear que la filosofía y la filantropía, tienen similares características que tendremos que notar considerando el contexto social que permite entender el significado del término filantropía. Siendo la filantropía una virtud propia de la gente que ayuda a quien se encuentre en desgracia, podemos decir que, análogamente, la filosofía es una virtud exclusiva de aquellos que gustan averiguar los aspectos problemáticos de algún acontecimiento que demanda una explicación urgente. En este sentido, se sostiene que la filosofía forma parte del sistema normal  de vida, que reclama que las personas desarrollen su curiosidad en relación con los fenómenos que carecen de justificación.

Reforcemos este punto con la siguiente reflexión antropológica. Cuando decimos que el hombre es un animal racional, no parece que se esté asumiendo una posición política. Pero esto es engañoso. De acuerdo con la anterior manera de entender al ser humano, podemos decir también lo que no es un hombre. Ese ente que no es hombre, por comparación de contrarios, es el animal irracional. Fijémonos en el mismo caso humano y notaremos, enseguida, que existen ciertos hombres que no son racionales. Por un lado, tenemos los irracionales inofensivos, que son llamados locos. Por otro lado, están los irracionales peligrosos, que reciben la denominación de criminales. Los primeros están guardados en el manicomio; los segundos, recluidos en la cárcel. Incluso entre los criminales podemos distinguir a los delincuentes comunes y a los monstruos.

Estos últimos son aquellos que cometen actos que no encajan entre los delitos típicos: pedofilia, antropofagia, parricidio, etcétera. Todo este tipo de incidencias irracionales van en contra de lo que el sistema promueve como lo que se debe hacer en tanto racional significa: actuar cómo se debe actuar, pensar cómo se debe pensar, vivir cómo se debe vivir, etcétera. Con esto, queremos mostrar que aquello que llamamos irracional es lo que no va de acuerdo con el sistema, por lo tanto, en vista de que no hay manera de deshacerse de esos elementos deshumanizados, se recurre a ocultarlos de la sociedad, tratando de mantener el orden social mostrando solo a esos seres que obedecen pautas racionales de conducta: trabajar, casarse, viajar, estudiar, votar, etcétera. Por ende, la definición de hombre como animal racional va asociada a una preferencia política, que acepta solo a las personas que tengan una conducta coherente con el orden público y el desarrollo normal de la sociedad. Volviendo al punto de cual partimos, lo que tratamos de establecer es que esto mismo ocurre con el entendimiento de la palabra filosofía. A la luz del razonamiento anterior, la filosofía se convierte en una actividad bien vista, porque hace efectiva aquella acción intelectual compatible con el cuidado de la armonía social. La libertad, con la filosofía, se consolida para garantizar el respeto a toda investigación dentro de los cánones de lo aceptable. De ahí que podamos decir que la filosofía es un hobby, es decir, una afición que ejercitamos por propia voluntad, sin coacción, en nuestro tiempo libre cuando nuestros actos dicen mucho de nuestra verdadera personalidad.

  1. Defectos del filosofar

La filosofía como proceso reflexivo está referida a la sabiduría, y esta nace de una interacción entre la información y un sujeto que busca tomar decisiones. Siendo así, la sabiduría se entiende como una administración de las estrategias que se requieren para lograr un determinado fin. Además, consideremos que cuando la filosofía es puesta en movimiento por un sujeto pensante, pasa a ser filosofar, es decir, la filosofía expresada dentro de las humanas posibilidades lingüísticas y mentales. Pero el problema es que no siempre el filosofar se constituye como una actividad ética recomendable. Ocurre que la filosofía procura en quienes la cultivan, una personalidad egocéntrica, no depresiva, más bien, orgullosa. Si bien, a primera vista, la filosofía se ve como la preferencia que alguien desarrolla por un objeto teórico, esto no significa que esté desvinculada de los intereses propios. El filosofar se ve como un sacrificio difícil de hacer si es que uno no busca ser reconocido por ello. En vista de esto, podemos afirmar que no existen los actos de puro desprendimiento: toda acción apunta a conseguir alguna ventaja. Por  ello, es posible afirmar que todo aquel que se dirige a la filosofía, aunque no consiga reconocimiento por ello, logra obtener la satisfacción de afinar su mismo saber hasta el punto de hacerlo más abstracto, más sólido, más compacto. En relación con lo sostenido líneas arriba, la filosofía se decía era una actividad desinteresada y desprendida económicamente hablando; pero, ahora notamos que, psicológicamente hablando, la filosofía procura una actitud cargada de satisfacción ególatra en quien la cultive. Si bien el verdadero interés ha aparecido, su rango de acción se reduce a la persona misma que filosofa. Así, la filosofía puede ser concebida con una valoración negativa, debido a que genera personas con actitudes que no toman en cuenta el desarrollo adecuado, armonioso y próspero de las relaciones sociales. Básicamente, la soberbia se asocia con la sabiduría: el sabio, si conoce, tiene derecho a creer que su postura es la verdadera. Esa sabia soberbia ya la notó Platón cuando nos hablaba de la caverna, y de los hombres liberados que salen para luego regresar siendo estimados con desprecio. Los filósofos, dice el griego, son los llamados a encontrar esa respuesta que reciba mayor apoyo gracias a las decadentes y propicias circunstancias sociales. Así, los filósofos logran tener una odiosa y afortunada respuesta a los problemas sociales: esta consiste en replantear desde cero todos los aspectos de la estructura social, bajo un enfoque poco intuitivo desde la perspectiva de los no filósofos. Esto podría denominarse lo malo de la filosofía debido a que engendra, en quien la practica, convicciones que atentan contra esa organización social imperante que, a pesar de sus falencias, ha hecho posible la reflexión intelectual.

Incluso, entre filósofos no existe la justicia en relación con la defensa de sus posturas. Los filósofos aplican ciertos métodos en sus razonamientos que el otro involucrado en la discusión no domina y, en caso de ser refutados, exigen que se expresen adecuadamente las premisas de las que se parte. Y resulta que en esta pugna uno sale ganando, y el otro sale perdiendo, no por haber sido refutado del todo sino por no haber dominado cierto método, y por no elaborar premisas precisas en relación con la discusión. El que pierde en el enfrentamiento, se vale de una metodología deficiente. Todo ello está relacionado con el hecho de que la mentalidad de los filósofos se beneficia de esa desarrollada capacidad de salir y entrar del lenguaje como si se tratara de una plataforma temporal del significado de las palabras usadas en la argumentación. Esto es lo que generalmente se llama artificio.

En estas circunstancias, se comprende la molestia que causan los filósofos. Ellos elaboran un discurso bien pulido, garantizado y sustentado por varias lecturas. De ahí que estos se crean los que tienen la verdad. Y, aún si el contenido de sus pensamientos desemboca en una ofensa, se considera su opinión como algo interesante de estudiar.

  1. La sofofilia como alternativa

Frente a lo señalado, pretendemos ofrecer una particular concepción de la filosofía: la sofofilia. Las palabras pedofilia, zoofilia, necrofilia son palabras morfológicamente semejantes. Con ellas queremos denotar ciertos defectos, a saber, el gusto bajo e inhumano de tener relaciones prohibidas con algún menor de edad, animal o muerto. Dichas palabras aluden a preferencias, pero que resultan injustificables, ilegales o mal vistas en un clima democrático. En analogía con lo sostenido, la sofofilia será considerada como el gusto ilegal, inmoral o peligroso hacia el saber. La sofofilia se muestra, así como una especie de obsesión por conocer, solo conocer, y nada más que conocer. La sofofilia es la búsqueda de la verdad, aunque duela, aunque no nos convenga, aunque eso signifique que perdamos algo que pudo haber sido nuestra gran felicidad (es un sacrificio que se hace solo por llegar a saber). Así entendida, la sofofilia es la filosofía al revés. Esto implica sostener que la sofofilia solo se queda en el nivel informativo, y no se atreve, sino solo a modo de bluff, a derivar conclusiones. La sofofilia busca combinar más que construir. Su origen se relaciona a la idea del informático mundo virtual. Este sistema permite una mínima interacción social que nunca se igualará a la real pero que bien podría, en algún momento, sustituirla. Es el exceso de información (aunque sea falsa), lo que provoca el clima para conversar de lo que sea, aunque esto nos lleve al desamor o la infelicidad. La sofofilia implica un estado de cosas propicio para la discusión, pero inapropiado para la autorreflexión. El fin es discutir hasta el cansancio sin que ni uno ni otro muestre satisfacción por ello. Así como la información está al acceso de todos, la sofofilia (que nada más es un conjunto de informaciones), estará al alcance de cualquiera. Uno de sus más importantes fines, es desarrollar estrategias argumentales, no le interesa en qué o cómo sean usadas (esta es una de las características de la filosofía que proponemos: la interpretación de los textos-argumentos, fuera de cualquier contexto). Casi se podría decir que la sofofilia es la filosofía del mundo virtual. Esta busca un conocimiento despersonalizado que la acerque a una verdad más completa y exacta de la naturaleza humana.

La sofofilia busca que ese conocimiento repudiable (o académicamente no interesante), se integre al total imperante y conforme un conocimiento integral de verdad. Esta requiere hablar sobre cosas de las que no se hablan como se debe, por algo llamado discreción. Los sofófilos serán aquellos seres humanos que habiendo cultivado el conocimiento bueno, se preparan para vivenciar el conocimiento malo. El conocimiento bueno es el conocimiento de la lógica, el malo, en cambio, es el de la autosatisfacción por saber algo más que cualquiera para luego alejarse explícitamente de la sociedad.

Si alguien lidiando con el conocimiento más alto, al día siguiente amanece con un déficit de conocimiento (o locura), decimos que esta persona es sofófila. Pensar es lo único que hacemos, pero si nuestra mentenos engaña nada podrá indicárnoslo. Los problemas mentales asociados al esfuerzo intelectual forman parte de los estudios de la sofofilia. Por decirlo de algún modo, esa cantidad de esfuerzo mental que uno invierte en recordar algo, es lo que la sofofilia aprovecha. Esta reconoce como predecesores a los lógicos más reputados (como George Cantor, Kurt Gödel y Alan Turing), que habiendo logrado tocar lo más intrínseco del pensamiento estructurado con su maquinaria intelectual, pescaron una tara mental que los hacía merecedores de títulos tales como genios locos o sabios dementes.

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