Escuché con atención aquella voz matinal que volaba sin permiso, y sin siquiera entenderlo enrojeció mis mejillas percudidas por el hastió cotidiano.

Preludio de la obscenidad

“Por consecuente el hombre de nuestros días, hoy más que siempre, vive enajenado, olvidado de sí mismo, sin conocerse y sin entender el mundo…”

Escuché con atención aquella voz matinal que volaba sin permiso, y sin siquiera entenderlo enrojeció mis mejillas percudidas por el hastió cotidiano. Desde entonces comprendí que el sonido que cuantifica el tiempo y endulza la armonía; la cual llamamos música, logra conmover a aquellos corazones desilusionados y encantadores en plausibles consuelos. Sin embargo también he escuchado la descomposición del mal uso en el tiempo, y la armonía, en música que entretiene y que Mario Vargas Llosa denomina como “Ennui”[1]. Cada vez más se valora en el mercado las piezas que se colocan en la industria como hits, y más que derretirse junto a la piel –se entienden, como una simple palabra vacía que no tiene sentido-.

El talento de los nuevos músicos está medido por la inmediatez, es decir; que tan rápido pueden ser escuchados por la mayor cantidad de personas, y así poder validar a través de las redes sociales, el impacto que una canción produce en la población. Esto significa que la música principalmente del siglo XXI, se valora no por transmutar el alma en arte, o poder ser el medio por el cual el artista logre desahogarse por desgranar el día con día, si no por prostituir a los propios placeres en la mayor de las vulgaridades, por temor de no aceptar su propia muerte y no entender su propia vida.

¿Podría un músico de nuestro siglo escuchar las obras de Rachmáninov o las gymnopedias de Satie, sentir el misticismo de Saint-Saëns y conmoverse por el vals vienés? Escucharlos significaría aceptar su propia obscenidad, puesto que la música representa nuestra cultura, también representa la fragilidad de nuestra sociedad. La dificultad de entenderse con otras personas en términos musicales, no prescinde de entenderse en términos literarios, pictóricos, arquitectónicos, escultóricos y en general, en términos artísticos, el único consuelo se fundamenta en que cualquiera puede tener acceso a este universo alegórico, pero no todos lo pueden entender, pero para todas aquellas almas solitarias el acceso será bajo su propia responsabilidad.

Al sentenciar este aforismo me centro en la idea principal de que, así como la felicidad se concentra en la ignorancia, el dolor se centra en el arte, por lo tanto los músicos se pueden multi-clasificar, en aquellos dotados de virtuosismo, y los dotados de sensibilidad, y en el mejor de los casos dotados por ambas. Para aquellos dotados de virtuosismo el ejecutar una pieza con alto grado de dificultad incluso representa un reto personal, complejidad mayor en partituras y una gran habilidad de ejecución, sin embargo cuando carecen de sensibilidad, la verdadera dificultad representa poder componer algo, ya que no siempre encuentran la forma de transmutar un sentimiento en música.

Por el otro lado hay los músicos dotados de sensibilidad, los cuales pueden transformar los sentimientos en música, pero explorar en los abismos de uno mismo representa una gran lucha que produce un gran dolor, para el caso del músico con ambas cualidades tenemos un listado histórico de músicos doctos, los cuales no hacen sentir la nostalgia de su época.

Es decir, escuchar la tersura del aire rompiéndose por la boquilla de Chet Baker en un jazz suave, muchas veces sin voz, transmite melancolía, escuchar la efusiva obra oscura de Tchaikovsky, la inmensidad de Wagner, la tristeza dulcísima de Sarah Vaughan, y un listado interminable, dejan en claro, que el menester supremo de los músicos es hacer música, me refiero, a que ninguna ideología se antepone a una necesidad, tampoco que se institucionalice un pensamiento o sensacionalice alguna polémica, pero sí que haya libertad artística desinteresada, -el arte por el arte-.

La dificultad para poder crear música docta en este siglo tiene múltiples explicaciones, pero una muy importante resalta en que la gente se evade, y caen en el absurdo de Camus: “El mundo absurdo más que ninguno es noble por ese nacimiento miserable. En ciertas situaciones responder “nada” a una pregunta sobre la naturaleza de sus pensamientos puede ser una ficción en un hombre. Los seres amados lo saben muy bien. Pero si esa respuesta es sincera, si describe ese singular estado del alma en el cual el vació se hace elocuente, en que la cadena de los gestos cotidianos se rompe, en el cual el corazón busca en vano el eslabón que la reanuda, entonces es el primer signo de la absurdidad”[2]. (Camus, 2013, p.25).

Por consecuente el hombre de nuestros días, hoy más que siempre, vive enajenado, olvidado de sí mismo, sin conocerse y sin entender el mundo, divorciado de sus propios sentimientos, está condición es la que vuelve al hombre desinteresado del propio arte, pues negarlo es negar la propia vida. Es por consecuente la cobardía de las propias emociones, no es lo mismo escuchar la Campanella de Franz Liszt, una pieza suprema, enorme, inmensa, pero aquello que conmueve produce temor, a escuchar una pieza simplona, sin contenido, producida con intenciones mercantiles, y para resumir placeres inmediatos que no sean producidos por la razón.

Tanto en la música como en la poesía existen similitudes, y consideraría también similitudes en sus artistas, como el término acuñado por Paul Verlaine a los poetas malditos: Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud, Mallarmé, etcétera. Está afinidad también se encuentra en músicos, que llamaría de la misma manera, los músicos malditos, los cuales fueron presa de su propio talento, genios de retratar la tragedia de su época, y de su propia condición: Schumann, Rachmáninov, Mozart, Rezső Seress, Tchaikovsky.

Todos a quienes la tragedia los acompañó y no negaron la propia vida, por aceptar la llamada bilis negra por Hipócrates y pudieron componer las obras más hermosas, y aunque por la mayoría de las personas estén enterrados, siempre serán recordados por algunos cuantos hombres libres, que pueden escuchar sin temor a no ser reconocidos socialmente.

Pero para el humano incomprendido, para aquellas almas sensibles, siempre habrá un consuelo en la música, para aquel que sufre la vida, puede encontrar cobijo en la música olvidada por nuestro siglo, sepultada al final de cada recuerdo, y saber que si el malestar o la felicidad son demasiado intensos, habrá la opción de escuchar o atreverse a crear. Para los que encuentran cobijo en el vacío, también los hay en el todo, como aquella voz matinal de María Callas que me cubría en un todo que no comprendía y que con temerosidad emprendí a seguir.

[1] Mario Vargas Llosa (2016). La civilización del espectáculo. Editorial Penguin Random House, 1ª edición de bolsillo. (p.18)

[2] Albert Camus (2013). El mito de Sísifo. Editorial Losada, 1ª ed. 1ª reimp. ( p.25)

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