¡Santiago y a ellos!

El ladrón quiso llevarse los trece lingotes de oro dentro de unas calzas.

Ayudado, prácticamente alzado en vilo por Cortés, Gonzalo llegó a cubierta. Los marinos se disponían a plegar las velas de la embarcación y a reunirse en la oración de agradecimiento al cielo por haber cruzado salvos la mar océano.

-Se divisa ya el puerto, hijo, pronto os atenderá un médico y sanaréis en unos días –prometía Hernán Cortés a su hombre de confianza.

Sandoval no tenía fuerza para responder, reunía toda su energía en los ojos para mirar la tierra que dejara hacía ya muchos años, cuando era apenas un mozalbete, con tres pelillos suaves en el mentón. Salió de Medellín tras los pasos de don Hernando, de quien tanto se hablaba en el pueblo. Se unió a su expedición en Cuba y, desde entonces, no tuvo el conquistador de la Nueva España un hombre más fiel y efectivo que su hijo Sandoval, como solía llamarlo.

In nómine Patris… rezó el capellán de la carabela mientras todos a bordo se santiguaban, poniendo una rodilla sobre la cubierta. Un estandarte de Santiago Apóstol, el patrono de la tierra de esos héroes extremeños, ondeaba entre la brisa y el incienso. Gonzalo, mareado por el aire salobre y la enfermedad, revivía algunas de las batallas en que dicha imagen fue su aliada victoriosa. ¡Santiago y a ellos!, había sido el grito de guerra que le garantizó siempre el éxito.

El sol brillante, el humo y su fiebre le recordaron el fuego que prendió a la pequeña ermita donde Pánfilo de Narváez se atrincheraba. Cortés le encomendó traerlo vivo y él, siempre cumplidor de las órdenes del Capitán General, así lo hizo. No fue una hazaña fácil, Narváez era un tipo muy rudo y traía la consigna de enfrentar a don Hernando, aprehenderlo y relevarlo como cabeza del gobierno de la Nueva España.

Llamas, gemidos, temor, golpes y sangre poblaron su mente. Eran el telón de casi toda su memoria: la retirada de Tenochtitlan, resultado de aquella cruel noche en que los mexicas contra atacaron, después de la matanza en el templo.  El sometimiento de la aldea morisca; el de Chalco y el Valle del Matlatzinco, realizados con una destreza militar digna de encomio. Mucha más sangre, más crueldad por parte de sus hombres en la campaña de la huasteca… una verdadera carnicería. ¿Habrá estado el alma de Santiago con nosotros?, se había preguntado Gonzalo con frecuencia. Remordimientos y dudas lo acosaban. Así es la guerra, se decía, acallando la conciencia.

¡Allelúia allelúia allelúia!, cantaron todos siguiendo al capellán. Sandoval se vio como padrino del cacique Citalpopócatl, desde entonces llamado don Bartolomé. La mirada baja de Toltequetzaltzin, la joven que le entregó el viejo rey Xiconténcatl para su uso y placer. El canto de alabanza le ayudó a hacer a un lado el dolor de esa ausencia y evocó a sus hombres transportando hacia Tenochtitlan los bergantines construidos en Tlaxcala. Con ellos dotarían a los conquistadores de una armada capaz de enfrentar a los mexicas en las calzadas acuáticas de su fascinante ciudad anfibia.  El estandarte de Santiago iba en su diestra, encabezando el imponente desfile. Se sentía todopoderoso: no se había perdido aún ninguna batalla y, para mayor gloria, había descubierto, al lado de su joven princesa tlaxcalteca, una pasión compartida que trascendía las barreras de las palabras y las ideas, para arraigarse a la vez en la carne y el espíritu. Su mente volvió a ella: No me obligues a convertirme en el remedo de una mujer española, la había pedido la joven, entre ademanes y dibujos, tras la primera noche juntos. Él le dio su palabra, la palabra de un soldado fiel. No le fue difícil ignorar las burlas de los compañeros y las peroratas de los frailes. En cambio, había pagado el precio de aquella lealtad al tener que dejarla en Veracruz y no llevarla consigo ahora. Su compañía, su aliento… tal vez no habría enfermado teniendo cerca esa piel tersa que nunca acababa de recorrer, el alimento imprescindible para sus sentidos. Gloria in excelsis Deo… eso era Toltequetzal, la misma gloria, así la habría llamado si ella no se hubiese negado al Bautismo. Gloria, doña Gloria, rezó Gonzalo.

Finalmente echaron amarras. Sandoval pudo apenas dar unos pasos sobre el muelle y cayó de bruces. Tuvieron que llevarlo a cuestas hasta la posada más cercana, donde don Hernando lo encomendó al posadero y mandó pedir un médico. Pero los cocidos de gallina con vino tinto, las dolorosas sanguijuelas y sangrías, no conseguían devolver la fuerza a Gonzalo.

-Parece que esta vez voy a fallaros, mi señor –dijo en un momento de lucidez a su capitán don Hernando, que había venido a visitarlo antes de partir a la Corte a entregar pruebas en contra de sus acusadores.

-Me haréis falta, hijo Sandoval, vuestro testimonio era importante –aceptó Cortés-. Pero vendré por vos para llegar juntos a Medellín, a dar gracias a nuestro señor Santiago –agregó, queriendo llenar de ánimo al enfermo.

-Señor, si acaso no me halláis con vida, debo pediros un favor –dijo Gonzalo, estirando los dedos huesudos hacia un bulto, al lado de su armadura.

-¡No digáis tal cosa! –replicó don Hernando, sin poder evitar que la voz se le cortara.

-Sí… mirad, allí hay unas barras de oro que he traído para que mi madre sea conocida como Doña Pilar y no vaya a registrarla la historia como una simple fulana, “Fulana la Pabona”, que así la han llamado todos y nadie en el pueblo recuerda que su nombre es Pilar, María del Pilar.

-Contad con ello, hijo –prometió Cortés, conmovido.

El Capitán General se quedó un minuto pensando y luego, antes de partir, añadió:

-Os dejaré en custodia el estandarte de Santiago, así me aseguro de que estaréis en pie cuando vuelva.

Sandoval asintió bajando apenas la barbilla, ya sin energía para hablar. La nariz aguileña parecía haberle crecido, afilada y amarilla, opacando sus rasgos otrora dominantes: los ojos claros y amables que no podía ya abrir, la boca bien formada sobre la barba rojiza, los pómulos marcados que Toltquequetzal solía pasar horas acariciando.

El apóstol Santiago, montado en su corcel blanco, miraba en silencio al moribundo, cuya respiración difícil se tornaba en estertores.

Pero otros ojos, brillando de avaricia, oteaban desde la cerradura de la puerta. El posadero que, habiendo escuchado acerca de los lingotes de oro, no podía esperar a que el joven capitán expirara para adueñárselos. En cuanto supuso que ya Cortés y su escolta se habían alejado lo suficiente, el hombre entró a la habitación y comenzó a hurgar entre las escasas pertenencias de Sandoval. Bajo camisas, botas y calzas, en el fondo de un baúl, su mano sintió las barras de metal frío. Emocionado, trató de sacarlas violentamente; al hacerlo, la armadura cayó al suelo con gran estruendo.

-¿Quién va? –alcanzó a preguntar el enfermo.

No hubo respuesta, pero el pillo no abandonó su objetivo. Convencido de que el huésped saldría de allí con los pies por delante, prosiguió su fechoría. Gonzalo consiguió incorporarse a medias, para darse cuenta de lo que ocurría. Trabajosamente, alcanzó su espada, que mantenía al lado del lecho en todo momento. La levantó con ambos brazos y trató de gritar: ¡Santiago y a ellos! Hasta allí llegaron sus fuerzas. Cayó de nuevo sobre la cama. Quedó muy tieso, con los ojos entreabiertos y la espada sobre el pecho.

El ladrón quiso llevarse los trece lingotes de oro dentro de unas calzas. Al levantarse, su hombro chocó contra el palo que sostenía el estandarte y éste se le vino encima. Por un momento dudó… ¿Será una señal del Cielo?, se preguntó, temblando. Pero el tacto de aquel metal duro y frío que su mano se negaba a soltar, le contagió el valor. Con un movimiento de torso echó al suelo al santo, que  quedó boca abajo, vencido.  El posadero salió, abrazando su cuantioso botín.

*****

Días más tarde, a Fulana la Pabona le avisaron que los restos de su hijo habían sido sepultados en el Convento de la Rábida, cerca de Palos.

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