Consejos de Quiroga y Cortázar para escribir cuentos

El cuento va tomando forma, sin esfuerzo, porque todo ha sucedido ya antes.

Cuando escucho el nombre de Horacio Quiroga, lo primero que me viene a la mente es una gallina y los ojos atentos de cuatro niños. Me gustaría que, si no lo han hecho, lean “La gallina degollada” y sus otros cuentos, ya que el escritor tiene la habilidad de dejar tatuadas escenas en tu mente, con su hábil voz y pasado oscuro. Es bien sabido, claro, que la vida del autor no fue nada sencilla. Tragedia tras tragedia lo persiguió prácticamente desde que había nacido, y al haber experimentado en carne propia el terror y la desolación es entendible por qué le es fácil plasmarlo en sus historias y causarle la misma sensación al lector. El uruguayo fue un cuentista latinoamericano por excelencia, y tuvo a bien el escribir para una revista un ensayo que incluía diez consejos, enlistados con numerales romanos, que daba para perfeccionar la técnica.

El primer consejo inicia declarando a sus inspiraciones principales: Poe, Maupassant, Kipling, Chejov. Escribe: “Cree en un maestro como en Dios mismo”. Continuaba señalando la importancia de creer que su arte es inaccesible y que no hay que soñar domarla, pero que “cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo”. La imitación había que resistirse, a menos que fuera demasiado fuerte: “Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia”. Su cuarto consejo nos hace declarar nuestra motivación: “Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón”. Prosigue escribiendo que es importante saber hacia dónde va la historia desde antes de comenzar, con puntualidad señala que “en un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas”.

Su sexto consejo apuntaba a la simpleza y exactitud de las palabras, incitando a no usar más palabras que las necesarias para expresarse: “Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes”. Afirma lo mismo con los adjetivos: “Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo”. Esta necesidad de simpleza y contundencia es característica del autor, con el formato que él había elegido para escribir siendo uno corto, era importante no desperdiciar el espacio proporcionado.

Su octavo consejo es largo, e inicia enfocándose en el personaje: “Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver”. De nuevo siendo muy consciente del espacio que se permite, continúa señalando: “No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea”.

Su penúltimo consejo va apuntado, o por lo menos así parece, a las emociones que las tragedias de su vida le causaron, indicando que no es correcto escribir bajo su imperio: “Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino”. Con su último consejo, sin embargo, es con el que nos conectamos con Cortázar, quien leyó este mismo decálogo y encontró su conclusión como la más relevante: “No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento”.

El nombre de Julio Cortázar es conocido por muchos y venerado por otros tantos, por su contraria prosa a la de Quiroga: muchas veces rebuscada y presuntuosa, pero siempre innovadora y original. El afamado escritor argentino analizó el decálogo de Quiroga, sin parecerle importante la búsqueda de simplicidad del autor. En su texto “Del cuento breve y sus alrededores” escribe: “La noción de pequeño ambiente da su sentido más hondo al consejo, al definir la forma cerrada del cuento, lo que ya en otra ocasión he llamado su esfericidad.” Cortázar continúa resaltando la importancia de que el autor debe ser parte de esta esfera, como si fuera parte de la historia misma. A pesar de rechazar los puntos previos de Quiroga como prescindibles, también él dedicó tiempo a escribir sobre el espacio limitante del cuento, y la forma en la que se debe usar a su favor: “Esto no quiere decir que cuentos más extensos no puedan ser igualmente perfectos, pero me parece obvio que las narraciones arquetípicas de los últimos cien años han nacido de una despiadada eliminación de todos los elementos privativos de la nouvelle y de la novela, los exordios, circunloquios, desarrollos y demás recursos narrativos.”

Cortázar sabe también, que aunque el autor debe ser parte de la esfera, para la narración es importante que el lector lo sienta ajeno y como algo que se creó espontáneamente: “El signo de un gran cuento me lo da eso que podríamos llamar su autarquía, el hecho de que el relato se ha desprendido del autor como una pompa de jabón de la pipa de yeso. […] De todas maneras, en cualquier cuento breve memorable se percibe esa polarización, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcizándola en la única forma en que le era dado hacerlo: escribiéndola”. Su análisis continúa un rato por la misma idea, enfatizando que al lector le es fácil darse cuenta cuando lo escrito proviene de la necesidad imperiosa del escritor de deshacerse de la historia. Avanza más con la idea hasta señalar que cuando le es imprescindible quitarse una historia de encima, lo hace con la ansiedad de dejar de ser aquellos personajes desde los que escribe.

“La memoria, traumatizada sin duda por una experiencia vertiginosa, guarda en detalle las sensaciones de esos momentos, y me permite racionalizarlos aquí en la medida de lo posible”, escribe recordándonos al consejo de Quiroga sobre la pasión de las emociones. También Cortázar las racionaliza antes de escribirlas, y continúa: “Hay la masa que es el cuento, hay la angustia y la ansiedad y la maravilla, porque también las sensaciones y los sentimientos se contradicen en esos momentos, escribir un cuento así es simultáneamente terrible y maravilloso, hay una desesperación exaltante, una exaltación desesperada; es ahora o nunca, y el temor de que pueda ser nunca exacerba el ahora, lo vuelve máquina de escribir corriendo a todo teclado, olvido de la circunstancia, abolición de lo circundante”.

El cuento va tomando forma, sin esfuerzo, porque todo ha sucedido ya antes. Cortázar, sin embargo, no ve a las palabras que usa con la limitante que Quiroga: “Cada vez que me ha tocado revisar la traducción de uno de mis relatos (o intentar la de otros autores, como alguna vez con Poe) he sentido hasta qué punto la eficacia y el sentido del cuento dependían de esos valores que dan su carácter específico al poema y también al jazz: la tensión, el ritmo, la pulsación interna, lo imprevisto dentro de parámetros pre-vistos, esa libertad fatal que no admite alteración sin una pérdida irrestañable”.

Aunque Quiroga nos aconseja no pensar en el lector final, Cortázar lo cita constantemente como el que se dará cuenta por sí solo de la calidad de la lectura, contemplándolo así en el proceso de la creación del cuento. Cortázar concluye su escrito recordando las instrucciones para hacer un pastel, que leyó en alguna ocasión: “Se toma un cerdo, se lo ata a una estaca y se le pega violentamente, mientras por otra parte se prepara con diversos ingredientes una masa cuya cocción sólo se interrumpe para seguir apaleando al cerdo. Si al cabo de tres días no se ha logrado que la masa y el cerdo formen un todo homogéneo, puede considerarse que el pastel es un fracaso, por lo cual se soltará al cerdo y se tirará la masa a la basura. Que es precisamente lo que hacemos con los cuentos donde no hay ósmosis, donde lo fantástico y lo habitual se yuxtaponen sin que nazca el pastel que esperábamos saborear estremecidamente”.

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