La Máscara

Su carácter se ha vuelto más irascible y autoritario que nunca; no escucha a nadie.

–Intentaré cualquier cosa –dice la presidenta a su secretario, después de escuchar el resultado de sus pesquisas.

Él le cree. La leyenda que envuelve a su jefa no admite ninguna duda: no se detendrá ante nada si lo ha decidido.

La presidenta había cumplido, hacía poco, cien años de edad. Los festejos a lo largo y ancho de la República fueron mucho más pomposos que los ochenta de Don Porfirio, coincidentes con el centenario de la independencia. El gobierno se encargó también de que el cumpleaños de la Señora fuese, por mucho, más suntuoso que el Bicentenario de la Independencia Nacional, organizado por su antecesor, aquel panista que la Profesora tanto se arrepintió de haber elevado al poder, pues fueron terribles los dolores de cabeza le causó.

–Ese remedo de primer mandatario fue el que me colmó la paciencia –recuerda, hablando más para sí misma que para el joven normalista que convirtió en secretario particular—. Él y su antecesor acabaron con el placer que antes me causaba ser el poder tras el poder, la que tomaba las decisiones fundamentales sin tener que estar ahí, veinticuatro horas diarias al frente de los trancazos. Me había divertido mucho antes de ellos. Y me había enriquecido sin medida. Pero ya estaba harta de lidiar con novatos y sus medidas estúpidas; por eso tuve que traicionar a quien le había ofrecido mi apoyo en 2012… recordé el viejo adagio: si quieres que las cosas se hagan bien, hazlas tú misma.

Desde entonces tomó al toro por los cuernos; la Señora lleva ya seis sexenios al frente del país, gracias a la reforma constitucional que impulsó con efectividad su yerno, q.e.p.d. Cada seis años ha vuelto a ganar las elecciones; cada vez más fácilmente, debido al éxito en sus programas de crecimiento de la ignorancia nacional, de corrupción generalizada. Neutralizar a los lidercillos que surgen con intenciones de robarle el poder se ha vuelto pan comido.

Sin embargo, ha caído en un bache depresivo desde que su cirujano se negó a operarla de nuevo, arguyendo que no podía estirar más esa piel sin que, de plano, se reventara y quedaran al aire sus músculos faciales. Y ya su organismo no toleraría un injerto. Ni siquiera aceptó hacerle otra liposucción, alegando que a su edad y con su historial médico, cualquier intervención resulta peligrosa.  En esa ocasión, al secretario le tocó consultar un sinnúmero de opiniones en todo el mundo, enviar resultados de laboratorio a unos y otros especialistas en cirugía plástica y nuclear, para recibir siempre la misma respuesta: sería muy riesgoso, yo no lo haré.

–Pues no cuenten conmigo para otra reelección en el 2048 –amenazó la Maestra—, con este físico no me presentaré a ningún mitin, a ninguna entrevista televisiva, no me tomarán ninguna fotografía, aunque me juren arreglarla con sus herramientas digitales… ¡no quedará en un archivo esta cara! –gritó al escuchar esos informes médicos. La ira la afeaba aún más: en su cutis delgadísimo y apergaminado, en sus ojos, aparecían venitas rojas formando telarañas. El dedo enhiesto, rematado con una uña postiza, no lograba ocultar la artritis cubierta por pellejos manchados.

Fue entonces cuando dio la orden:

–Vayan a Badashat, en África, encuentren a aquel brujo que me convirtió en una mujer invencible e inmortal. Pregúntenle qué debo hacer. Estoy dispuesta a lo que sea: otro trabajo vudú con un león desollado, meterme a un río con pirañas… lo que me pidan con tal de dejar esta apariencia de vieja inmunda. Pagaremos cualquier suma de dinero.

Se encomendó la búsqueda al más discreto de sus colaboradores. Y volvió con malas noticias: el chamán había muerto hacía veinte años y nadie en aquella comunidad se atrevía a deshacer alguno de sus trabajos. Entonces el enviado se dirigió al mercado, a donde leen los caracoles. Explicó el caso: la Maestra quería revertir el hechizo; estaba cansada. El brujo lo miró con extrañeza y, entre señas e idiomas mezclados, le ordenó que volviera a su tierra, de allí le llegaría el remedio.

En espera de la improbable solución, vino el encierro. La presidenta no ha vuelto a mostrarse en público. Atiende sólo a sus colaboradores más cercanos, siempre por la noche y a la luz de una pequeña vela. Ha mandado cubrir todos los espejos de la residencia de Los Pinos con retratos suyos, pintados por afamados artistas, en donde luce joven y rozagante.

Su carácter se ha vuelto más irascible y autoritario que nunca; no escucha a nadie. Su atención es muy dispersa. Olvida las decisiones transmitidas y contradice sus instrucciones, culpando a los demás de instrumentar las medidas que ella misma ordena. Pasa las noches en vela, buscando en la empolvada biblioteca algo que la conduzca hacia la salvación.

Por fin, una madrugada encuentra una vieja revista de arqueología. Su portada muestra una máscara maya: la que cubría los restos de la Reina Roja, ese personaje misterioso hallado en Palenque. Se cala los lentes para leer el artículo sobre la antigua cultura, la de sus ancestros del sureste. El avanzado conocimiento de los mayas incluía el dominio de ciencias como las matemáticas, la medicina, la astronomía. Concebían el tiempo como algo circular, sin principio ni fin; una rueda girando para cumplir ciclos eternos. Por tal motivo, depositaron a esta a misteriosa reina en una cámara, comunicada por un pasillo con el templo. Así, una vez que su reposo le devolviera la juventud y la energía, fuese capaz de salir a gobernar de nuevo…

Cierra la revista y vuelve a clavar la mirada en la máscara. La idea de un reposo de siglos la invita a tratar de dormir un poco. Toma dos pastillas y se mete a la cama.

Ha llegado a la selva. Los tambores la anuncian. Una valla formada por guerreros con indumentaria de gala, flanquea el camino que sube hasta el templo. A su paso, suenan las caracolas. Ella lleva puesta la máscara, incrustada con piedras preciosas. Viste huipil bordado en oro y plata y un rico manto de plumas de colores y cuentas de jade que disimula maravillosamente las imperfecciones de su figura. La siguen cuatro esclavos cargando costales de joyas y lingotes de oro. Al final de la escalinata, en la puerta central del templo, la espera un sacerdote. Su cara, pecho y brazos están cubiertos con costras de sangre y lodo. Entre su cabello enredado se ven pedazos de garras y dientes. Recibe el tesoro y la conduce al interior del templo. Allí, en la semipenumbra, la vieja gobernante alcanza a distinguir una piedra de sacrificio. Su vista se va acostumbrando a la oscuridad. Un rugido la hace saltar: atado a una estaca, un jaguar le muestra sus afilados colmillos. Cerca de él, dos guerreros sostienen a una doncella desnuda. Otro hombre la alumbra con una antorcha. La Maestra envidia su piel tersa, impecable. A una seña del sacerdote, los guerreros colocan a la joven sobre la piedra. Con un corte certero el hombre la abre desde el cuello hasta el pubis; mete la mano en el pecho y saca el corazón palpitante. Se lo entrega a la invitada y le indica que debe comerlo de inmediato. Le pide sus vestiduras. A cambio le entrega la piel de la joven, que ha desollado hábilmente, para que se vista con ella. Cubre el cadáver con los ricos ropajes. Luego sacrifica al jaguar y da el corazón de la fiera a la Señora para que también lo ingiera. Arranca los ojos y los colmillos del felino. Para finalizar, le alarga un vaso de cerámica y le ordena beberlo. Con ese líquido se calman sus náuseas y poco a poco, va sintiendo cómo se relaja todo su cuerpo. La colocan en una estera; con cuidado, le acomodan la máscara, a la que han puesto los ojos y colmillos del jaguar.

El tamborileo y las caracolas suenan con fuerza. Los guerreros de mayor linaje, encabezados por el sacerdote, conducen a la nueva Reina Roja a la cámara mortuoria.

Descansará algunos siglos antes de volver a gobernar a su pueblo.

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