El arte perdido de las bibliotecas

Pero terminando esta etapa de mi vida me encontré mucho más alejada de las bibliotecas.

Como todos, asumo, he estado en contacto con las bibliotecas de mi ciudad de una forma u otra. La primera vez que recuerdo haber ido a una fue para poder hacer investigación para una tarea. La bibliotecaria me llevó a una sala con un mueble largo y alto de madera que tenía muchísimos pequeños cajones etiquetados con letras. Me pidió el tema y buscó en las fichas el nombre del libro que necesitaba y me lo prestó. Recuerdo que no tenía mucho tiempo porque mi mamá estaba esperando, así que copié lo que necesitaba para la tarea en mi libreta y coloqué el libro en un carrito del pasillo. Hasta ese momento pensaba que no había bibliotecas en mi ciudad, sólo en las películas, y la visita llenó mi mente de posibilidades.

Sin embargo, resulta que quedaba bastante lejos de mi casa y no podía solo llegar por mi cuenta, necesitaba que alguien manejara hasta allá de ida y vuelta, y más de una vez si planeaba pedir libros prestados. Después de eso me concentré en la pequeña biblioteca de mi escuela, y la posibilidad de que me prestaran libros para leer en casa me llenó, una vez más, de emoción. Pero sólo podía leerlos en la escuela, no llevármelos prestados, y el único tiempo libre para eso era el receso. No lamento el que preferí pasar el tiempo con mis amigos que con un libro, pero se asentó en mi la decepción de que la idea que yo tenía de las bibliotecas no era tan cierta.

Años después me quedé un verano en casa de una de mis tías que es bibliotecaria, y aún recuerdo ese tiempo con mucho cariño. Ella tenía que trabajar un rato durante el verano acomodando los libros, etiquetando los nuevos y organizando los estantes, y la acompañé a hacerlo. La biblioteca era enorme y estaba al alcance de todos los alumnos de la preparatoria, y pasé ese tiempo regresando los libros a su lugar, entre sus similares, leyendo los títulos, autores y las primeras páginas de libros nuevos o libros que me interesaran. En ese momento deseé que cuando fuera mi turno de estar en la preparatoria, me tocara una experiencia similar y poder, ahora sí, leer cuantos libros prestados quisiera.

Cuando fue mi turno, la preparatoria en la que estudié no tenía una biblioteca impresionante y no había lecturas contemporáneas como en la biblioteca de mi tía. Sin embargo, sí aproveché para leer a Shakespeare o lo que encontrara, y el poder llevármelos a casa, sin tiempo límite de entrega. Durante la universidad puedo decir que la mitad del tiempo de esos 5 años me la pasaba en la biblioteca, al igual que todo otro estudiante de medicina. Era el mejor lugar para estudiar entre clases o estudiar con amigos, y si necesitabas estar en silencio un momento podías usar alguno de los cubículos individuales. Muchas veces me quedé hasta que era hora de cerrar, y otras pocas pedí libros prestados. Aunque menos viejos, probablemente, que los huesos de la osteoteca, las ediciones antiguas de un libro de ciencia poco sirve en una carrera que intenta que sus estudiantes aprendan de medicina basada en evidencias, siendo relevante lo último que se haya publicado.

Pero terminando esta etapa de mi vida me encontré mucho más alejada de las bibliotecas. Mi concepto de ellas ya había cambiado y no estaba lo suficientemente cerca de las que existían en mi comunidad para contemplarlas como una opción. Sin embargo, en algún punto a inicios del 2020 me di cuenta que podrían ser una buena solución a mi necesidad constante de conseguir libros nuevos, más aún porque ya había decidido dejar de comprar libros que no iba a leer inmediatamente. Me di cuenta que ahora, de adulto, podía ir y venir a la biblioteca que se me antojara. Además de eso, una biblioteca resolvería muchos de los problemas lectores con los que suelo encontrarme, como el no querer empezar a leer un libro del que no sé nada porque es posible que no me guste y ya gasté dinero en él. O poder dejar de leer un libro sin remordimiento porque no lo compré y puedo simplemente devolverlo a la biblioteca.

Como sabemos, sin embargo, el mundo se detuvo hace casi un año y mi lista de bibliotecas cercanas y los planes para visitarlas se ha detenido también. Sé que en la era que vivimos, cada vez hay más formas de disfrutar de la lectura de forma gratuita y sin necesidad de transportarse, pero al mismo tiempo los esfuerzos de los sistemas de bibliotecas del país para digitalizar su acervo va más encaminado a la conservación de textos importantes o únicos. Poco a poco, espero, la modernización alcanzará al resto de lo que nos pueden ofrecer las bibliotecas, pero creo que no podrá sustituir a la experiencia que sigo esperando tener. El tener una biblioteca cercana a donde acudir, pedir libros prestados y que se sienta como una extensión de la pequeña colección que tengo en casa. Las posibilidades de cientos de libros a mi alcance, para disfrutar aunque no me pertenezcan. Espero que dentro de unos meses tengamos la oportunidad.

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Fany Ochoa

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