Propósitos de año nuevo con Susan Sontag y Séneca

Soy adicta a la emoción cíclica de llegar al año nuevo.

Soy adicta a la emoción cíclica de llegar al año nuevo. A inicios del 2020, sin embargo, se me paso de largo la fecha. No quiero decir que no la celebré, sino que no la contemplé como lo solía hacer. No me senté a reflexionar sobre lo que había sido y lo que quería que fuera, porque había pasado unos meses llenos de cambios, felicidades y plenitud, y el final de Diciembre llegó sin mucha expectativa, y sin esa calma silenciosa que engulle los días finales del año. Este año, sin embargo, realmente necesitaba que regresara la tradición. No me voy a quejar, mi 2020 no fue nada malo, y hablar de lo bueno que me sucedió se siente sucio en vista de lo que nos rodea. Pero este año me repetí mucho una palabra que no tenía mucho que ver con mi camino en la vida, sino con mi crecimiento personal: me sentía estancada.

Nunca he hecho una lista de deseos o metas para el nuevo año, pero casi siempre intento comenzar Enero con todo lo que tenía pendiente y que, a mi parecer, me va a ayudar de una forma u otra a crecer y mejorar como persona. Lo usual: estar presente, levantarme temprano, mantener el contacto con la gente que amo, y esforzarme para ver mis errores, intentando tener el coraje para resolverlos. En 1977, Susan Sontag (escritora y ensayista) escribió en su diario una lista de propósitos para el nuevo año que habría de empezar al día siguiente o, de ser posible, ese mismo día:

“Me levantare cada mañana a más tardar a las ocho. (Puedo romper esta regla una vez a la semana).

Almorzaré solo con Roger [Straus]. (Puedo romper esta regla una vez cada dos semanas).

Escribiré en mi diario todos los días. (Modelo: los Cuadernos de Lichtenberg).

Le diré a la gente que no llame por la mañana o no contestaré el teléfono.

Intentaré limitar mi lectura a la noche. (Leo demasiado, como un escape de la escritura).

Responderé cartas una vez a la semana. (¿Viernes? – De todos modos tengo que ir al hospital).”

Quizás las ideas de Susan sobre cómo comenzar el año bien nos parezcan familiares, y es que así como ella creo que todos hemos intentado prometer ser más productivos y organizar nuestros días. Sin embargo, por más que un día bien organizado me permite lograr una serie de tareas y tachar muchas de mi agenda, pocas veces me ha conducido realmente a algo trascendente. En el 2020 pudimos contemplar de cerca la muerte, darnos cuenta sobre qué están asentadas las relaciones que construimos, y pudimos estar mucho más tiempo con nuestros pensamientos. Así me di cuenta de lo poco que había dedicado desde hace unos años a ver de frente mis errores e intentar corregirlos.

Séneca escribió en ‘Sobre lo corto de la vida’: “Vives como si fueras a vivir para siempre, tu propia fragilidad humana nunca entra en tu cabeza, no vigilas cuánto tiempo ha pasado ya. Pierdes el tiempo como si viniera de una fuente llena hasta desbordar, cuando todo mientras ese mismo día que se entrega a alguien o algo puede ser el último. Eres como un común mortal al temerlo todo, eres como inmortal codiciando todo.” La delgada línea sobre la que caminamos nos acosa todos los días, pero es fácil ignorarla. Así he sentido que han pasado muchos de mis días, como un intento de seguir caminando sobre lo ya pavimentado, sin mirar hacia los lados o hacia mí misma, sorteando mis días sin aprovechar la motivación que esa fragilidad me puede dar.

“El mayor obstáculo para vivir es la expectativa, que pende del mañana y pierde el hoy. Estás arreglando lo que está bajo el control de la fortuna y abandonando lo que está en el tuyo. ¿Qué estás mirando? ¿Para qué objetivo te esfuerzas? Todo el futuro está en la incertidumbre: vive de inmediato.” No tomo la sabiduría de Séneca como un impulso a dejar mi vida actual y dedicarme a viajar por el mundo, hacer salto de caída libre o comprar un camión para restaurarlo y vivir en él. La tomo como el impulso que necesitaba para volver a disfrutar de la oportunidad que nos da celebrar otra vuelta al sol, de apreciar el tiempo que tenemos para intentar darle sentido a nuestra vida, y en el proceso crearnos y mirarnos de frente, sin excusas.

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