Anita y yo

Fui el regalo de Navidad de sus abuelos hace poco más de tres años.

Me mantienen encerrado entre rejas; en observación, dicen, para saber si tengo rabia.  Y sí tengo rabia, mucha rabia, pero no la enfermedad contra la que estoy perfectamente vacunado.  Se trata de la otra, de la que es enojo enorme acompañado de tristeza, de preocupación por Anita, mi dueña.

Fui el regalo de Navidad de sus abuelos hace poco más de tres años.  Recuerdo cómo su cara se llenó de luz cuando me vio.  Me tomó en sus brazos y no quería soltarme; su abuela tuvo que explicarle con mucha paciencia que no es lo mismo un perro de juguete que uno vivo, como yo.  Debía dejarme caminar y correr; tomar agua, comer, hacer mis necesidades.  Poco a poco, Anita y yo nos convertimos en compañeros inseparables.  Se me hacía eterna la mañana, esperando a que volviera de la escuela, jugara conmigo un rato y si el tiempo estaba bien, saliéramos a pasear a la calle o al parque.  Más tarde, me echaba junto a ella mientras hacía la tarea, veía la televisión y cenaba.  Con mucho miedo, aguardábamos la llegada de su papá.

-Que no sea uno de sus días malos… -rogaba Anita, acariciándome.

Yo asentía con un leve gruñido.  Temía tanto como mi ama a ese hombre de humor cambiante.  A veces encantador, cariñoso con su hija y con su esposa.  Otras, un verdadero monstruo, una bestia menos compasiva que yo.  Intuíamos su estado de ánimo por la forma de cerrar la puerta tras él.  Cuando la azotaba, todo era temblar.  Yo quería huir, irme al patio o, por lo menos, meterme debajo de la cama de mi dueña.  Pero me quedaba a sus pies, valientemente, para protegerla.  Y lo hacía, porque en más de una ocasión fueron para mí los gritos, el golpe con el portafolio o alguna patada.  Era su forma de amedrentar a Anita y a su mamá, como si les dijera: la próxima te toca a ti.  Mi niña sufría, creo que hubiera preferido que le pegara a ella; le pedía, llorando, que me dejara en paz.  Me hubiera gustado hablar para explicarle que eso agravaba las cosas, el hombre se ensañaba más y más, con ganas de mostrar su superioridad física.

Una noche, las cosas alcanzaron mi límite.  Su agresividad se había multiplicado.  Entró vociferando, furioso porque Anita olvidó guardar la bicicleta, la había dejado tirada en la entrada de la casa.  Ella lloraba, pedía perdón, pero el padre no la escuchaba, ensordecido con sus propios gritos.

La mamá de Anita trató de interponerse.  La aventó con fuerza y fue a caer al suelo.  Entonces intentó golpear a la niña.  Pero yo me erguí frente a ella y me convertí en un perro bravo, con los necesarios gruñidos, ladridos y mostrando mis fortísimos dientes y colmillos.  Quiso patearme, hacerme a un lado.   Furioso, salté, lo derribé y le mordí el brazo, obligándolo a soltar el portafolio.  Intentó incorporarse; entonces le mordí una pierna.

La casa era un caos.  Gritos, sollozos, ladridos.  Los vecinos vinieron a ver qué pasaba.  Llamaron a la policía.

Al papá de Anita lo detuvieron.  A mí, también.  Me metieron en esta perrera, donde, según dicen otros perros que están en jaulas contiguas, sólo nos sacarán para sacrificarnos.  No importaba qué harían conmigo, pero mi preocupación era mi niña.  Había oído que si su mamá y ella no declaraban asegurando que el papá es violento y yo solamente quería defender a mi ama, volvería a su casa, sin duda más enojado.  Y no estaría yo allí para ayudarlas.

Hoy vino Anita.  La trajo su mamá; las dos entraron a verme.  No pude lamer su mano porque el guardia no le permitió meterla entre los barrotes, pero se quedó un buen rato hablándome.  Me dio las gracias y me prometió que me sacaría de aquí y volvería con ella a casa.  ¡Pobrecita!, se va a desilusionar mucho, no creo que eso vaya a suceder.  Mi instinto lo dice y la forma en que su mamá desviaba la vista para evitar la mía, me hace pensar que ella no va a atreverse a declarar en contra de su esposo.  Afirmará que soy un perro bravo y que alguna otra vez lo demostré.  Son incomprensibles los humanos.

Se han ido.  He aullado desde que perdí de vista a mi niña.  Ahora, se acerca uno de los guardias.  Trae los guantes puestos y un bozal preparado.

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