El privilegio de la censura

Un notorio ejemplo de esto fue durante la dictadura de Pinochet en Chile, la cual inició en 1973 y duró 17 años.

Cuando tenía 14 años, mi maestra de Español decidió poner libros nuevos en mis manos, siendo el primero Aura de Carlos Fuentes. Acostumbrada a la rapidez de la prosa de mis lecturas habituales -en su mayoría fantasía anglosajona-, Aura fue un desafío. Escrita en segunda persona y en presente, tuve que releer varias veces distintos párrafos para comprenderlos bien. Aura me abrió las puertas a nuevos autores, principalmente del boom latinoamericano, y me hizo emocionarme cuando el escritor usaba su ingenio para narrar algo que de otra forma sería ordinario.

Más o menos esa misma edad tenía la hija de Carlos Abascal, en ese momento Secretario del Trabajo, cuando él y grupos de padres de su escuela católica le prohibieron a los estudiantes leer Aura por considerar la obra no apta por su contenido sexual.

La censura ha sido una herramienta de control político y religioso desde que el ser humano comenzó a documentar sus experiencias. Pretende borrar todo aquello que atente contra los valores del grupo, imaginando que esas ideas ya no existen y evitando que se pueda desafiar la norma. A través de los años, los libros han sido uno de los enfoques principales de los opresores, ya que a través de ellos las ideas no deseadas se podían propagar.

Es más fácil, claro, censurar y desaparecer libros cuando tienes en tus manos el poder de todo un país, violentado y aterrorizado. Es por esto que latinoamérica, hogar frecuente de dictadores, ha sufrido constantemente de la tiranía y control de sus libertades.

Un notorio ejemplo de esto fue durante la dictadura de Pinochet en Chile, la cual inició en 1973 y duró 17 años. Al realizar el golpe de estado, no sólo la milicia se dedicó a entrar a las casas y desaparecer o quemar los libros, sino la misma población intentó deslindarse de sus preciados tomos. La última parte suena racional si tomamos en cuenta que el más mínimo atisbo de comunismo era incriminatorio. Es bien conocido cuando los militares quemaron libros sobre cubismo porque sonaba relacionado a Cuba, y a su vez al comunismo, evidentemente sin siquiera leerlos. Otros tantos libros que se intentaron salvar eran enterrados, disfrazados de otros libros o escondidos en armarios, lejos de las miradas inquisidoras de la opresión.

Durante otra dictadura, iniciada en el mismo año pero ésta vez en Uruguay y liderada por Bordaberry, no se hizo una lista de libros prohibidos por el gobierno, pero la gente se autocensuraba con lo que suponía no sería bien visto. En las cárceles, sin embargo, presos políticos y otros posibles enemigos del nuevo estado sí tenían acceso a todos los libros, bajo la lógica de que si ya eran marxistas, no habría problema en que leyeran de marxismo. Eventualmente cuando les fueron prohibidos algunos ejemplares, decidieron aprenderlos de memoria y recitarlos a otros, copiarlos o intentar camuflajearlos para que no les fueran encontrados.

En la actualidad en nuestro continente hay pocos lugares en donde el gobierno activamente censure o prohíba libros, como en Cuba, así que virtualmente cualquier título está disponible. Además de que con la llegada del internet, evitar que se lea algún texto es difícil con las libertades que tenemos, inclusive pudiendo traspasar la barrera del lenguaje con algún traductor en línea. Bajo esta premisa, inclusive la hija de Carlos Abascal podría sin problemas leer Aura si a ella se le antoja, sin que nadie sepa, y con el respaldo de la ley.

En nuestro país no ha habido censura real desde la época de la Nueva España, y uno pensaría que nuestro acceso a la lectura de forma tan libre nos haría ávidos lectores. Sin embargo, en un país en donde dos de cada cinco personas se encuentran en pobreza y otras dos más en riesgo de serlo por sus bajos ingresos, es entendible que, como reporta el INEGI, la gran mayoría no lee por falta de tiempo más que por falta de interés. Todo esto sin tomar en cuenta los más de 4 millones de mexicanos que son analfabetas a la edad de 15 años; a la misma edad en la que yo descubría nuevas lecturas y a otras les prohibían las ideas impuras de las mismas, muchos tantos otros ni siquiera tenían la opción.

Leer nos da herramientas, nos da consuelo, nos da calor. La lectura es medicina y veneno, y escape y entretenimiento. Leer nos hace crecer, expande nuestro mundo y nos da alas. En algunos momentos de nuestra historia, es lo que nos mantiene cuerdos y nos da razones para seguir, sin importar en qué cárcel se deba permanecer, o en donde se tenga que esconder. Tomar y valorar el privilegio que tenemos de acceder a ella nos puede ayudar a entender mejor el mundo en el que vivimos y, quizás, al hacerlo podemos darle alas a otros.

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