El terror en los tiempos del cólera

Nuestra necesidad de consumir horror está ligada a nuestra necesidad de sentir.

Es bien sabido que los terrores en la vida real nos inspiran a pensar en los no existentes y, en algunos casos, inclusive a buscarlos. Nuestra necesidad de consumir horror está ligada a nuestra necesidad de sentir. En el espacio de tiempo que nos tome leer alguna historia de terror, habremos experimentado una plétora de emociones y nos inundará la ansiada catarsis. La idea de que eso podría sucedernos parece una simulación segura de la realidad, ya que al apartarnos de la historia, también ahí se queda el peligro.

Pero, ¿por qué alguien querría escribir sobre el horror que le rodea, si es asfixiante vivirlo? Así como nos libera leerlo, a otros les libera escribirlo. Shirley Jackson alguna vez dijo que “mientras lo escribas regularmente, nada puede realmente hacerte daño”, y bajo esa premisa escriben muchos de sus propias experiencias, en particular de las apabullantes. Sin embargo, imaginarlas más grandes y fantásticas de lo que son también es un ejercicio importante y que nos confiere la posibilidad de vaciarnos en la historia.

Tomemos, por ejemplo, a Edgar Allan Poe, quien es conocido principalmente por su narración de lo macabro. Después de que el cólera azotara al mundo en 1832, las incontables y terribles muertes lo obligaron a escribir al respecto, volcando sus miedos en una historia que resuena mucho con nuestra realidad, casi 200 años después. La historia, que les quiero dar el placer de leer si no lo han hecho aún, va como sigue: la Muerte Roja azota los dominios del príncipe Próspero, quien sin alterar su humor después de la despoblación, decide reunir a los más allegados y alejarse de la pestilencia. Como lo escribe Poe, ellos tenían suficiente para sobrevivir y “Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse”. Después de meses de encierro organizan un baile con máscaras, en donde un reloj permite que después de cada hora de fiesta se sienta el miedo de la incertidumbre, hasta llegar a la media noche que es cuando se presenta un personaje muy particular y la velada da un giro inesperado, aunque quizás deseado por el lector.

Aunque el ambiente lúgubre y decadente que pinta Poe con sus palabras es un deleite, lo es más el que los privilegiados obtengan su merecido. Aunque en ‘La Máscara de la Muerte Roja’ no ahonda en eso, si al príncipe y a su séquito les alcanzó para vivir sin preocupaciones, con fiestas y derroches por meses y planeaban seguir de esa forma, la decimada población afuera de las paredes del castillo había sido dejada con prácticamente nada. Es un reflejo de la realidad de la humanidad, que los más desafortunados continúan cargando con la desgracia hasta la tumba, y los acaudalados, si bien seres humanos y vulnerables como el resto, atesoran el poder desaparecer por un tiempo hasta que todo haya pasado. Al final del día, no está en sus manos poner comida y recursos en la de otros, ellos no repartieron las cartas. ¿Cierto? Sólo se quedaron con el mejor mazo.

Pero para nuestra desesperanza, la realidad puede inspirar a la fantasía pero muchas veces no la refleja. Aunque en la historia de Poe la Muerte Roja es justa, y va hasta la habitación más recóndita del castillo a hacer valer su nombre, la historia de la humanidad nos demuestra que los ricos se siguen haciendo ricos, y los pobres pobres. Es un reflejo injusto e inmoral que las desigualdades con las que convivimos día a día se acentúen cuando la desesperanza nos rodea, y que las estructuras que propician nuestro bienestar no lo hagan con los demás.

Al final, parecería ilógico que busquemos el horror cuando ya estamos sumergidos en él. Hasta a R. L. Stevenson le pareció que Poe había dejado de ser un ser humano al escribir ‘El Rey Peste’, por el tinte burlesco hacia la muerte y sufrimiento de aquellos afectados. Pero el propio Stevenson habría de explorar la oscuridad de los seres humanos en una obra que, en el momento de publicar su reseña sobre los cuentos de Poe, aún no habría escrito, demostrando nuestra atracción a la desesperanza. Es catarsis, al final del día y aunque se sepa que es ficción, que la justicia existe y que la balanza no está inclinada más hacia algunos que otros.

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