Hic incipit pestis

Claro, que si en estos días uno se siente más inspirado a sentarse y crear, nadie va a estar en contra.

Hay dos cosas importantes sobre mí que no he mencionado antes: comparto la misma profesión que William Carlos Williams, y uno de mis escritores favoritos es el otro William, el que es un tanto más famoso. La vida de William Shakespeare, sus textos, sus palabras y su legado han sido estudiados por miles, leídos por millones y adaptados por otros tantos. Podrías dedicar tu vida a estudiar la suya, probablemente sin llegar a alguna conclusión o final. Mi amor por él nació cuando leí una adaptación de “Una noche de verano”, y prosiguió hasta poder leerlo en su propio idioma, con diccionario en mano, claro está.

Sean propias o prestadas, sus obras son obras maestras dignas de leer, y su vida digna de intentar estudiar. Pero como es natural, todos quieren saber cómo llego el bardo a ser tal y su genio a publicarse. ¿Cuándo escribía Shakespeare? Al parecer, cuando no había mucho más que hacer. La peste negra atacó Europa antes y durante la vida del escritor, y al no poder montar sus obras a causa de un nuevo resurgimiento de la enfermedad, el tiempo en aislamiento parecía una excusa tan buena como cualquier otra.

Algunos escritores e historiadores le atribuyen al encierro el que durante 1606 haya completado dos de sus más famosas obras El Rey Lear y Macbeth. También durante ese año es bastante probable que escribiera Anthony y Cleopatra, Timón de Atenas y Pericles. Durante toda su vida escribió más de 30 obras, cientos de sonetos y algunos otros textos, siendo algunos de ellos influenciados por la plaga, aunque no escritos durante. Hay que recordar que cuando fue publicado, era un escritor contemporáneo y como tal, su escritura se vio influenciada por sus experiencias. Un ejemplo de esto es la mención de la plaga, breve y levemente, en Romeo y Julieta. Aunque la hayamos leído varias veces, quizás no recordamos las menciones casuales a la enfermedad durante la historia, o el simple hecho de que la carta que avisaría a Romeo que Julieta no estaba muerta, sino que tomaría una poción para dormir, no llegó nunca por culpa de la plaga.

Como es costumbre, leí un tweet sobre esto durante la semana, recordando a la gente que durante su cuarentena Shakespeare sí había sido productivo y había escrito una de las obras más famosas de la historia. Dejando nuestra obsesión con la productividad aparte, este momento es tan bueno como cualquier otro para leer las obras del bardo, o retomar algún libro olvidado. Por suerte para nosotros, sabemos mucho más sobre medicina de lo que sabían en ese entonces, y nuestros recursos son bastantes más. Las enfermedades nuevas y los contagios desmesurados son un efecto secundario normal de compartir el planeta con virus, bacterias, hongos y demás, y lo mejor que podemos hacer es seguir las indicaciones de las autoridades para no contagiarnos ni contagiar a otros que están en riesgo.

Ya sea que nos ordenen cuarentena obligatoria o que la situación vaya disminuyendo poco a poco, los tiempos no solo nos deberían incitar a intentar mantener esta productividad, a veces malsana, sino también a disfrutar de la paz. Leer un poco o mucho más, leer al bardo, leer sobre las plagas o todo lo contrario, pero aprovechar este tiempo para tomar un poco del escapismo que nos ofrecen las páginas. Claro, que si en estos días uno se siente más inspirado a sentarse y crear, nadie va a estar en contra.

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