Los libros usados tienen personalidad

Entre más historia tengan entre sus páginas mejor.

El primer libro usado que llegó a mis manos fue gracias a mi abuelito. Nadie daría dos pesos por ese ejemplar, con su portada desgastada, sucia y rota. Se alcanza a ver un esbozo de rojo en la costilla del libro y las hojas percudidas por el tiempo, pero ningún indicio de su contenido. El libro titulado “Gramática Latina” fue impreso en 1891, y originalmente le perteneció a Leopoldo Carbajal, a juzgar por las 13 veces que está escrito su nombre con lápiz a lo largo del libro, en español y en griego. Cuando le pregunté a mi abuelito cómo consiguió ese libro me dijo que le fue entregado en una caja con algunos otros libros viejos que habían pertenecido a una tía suya. El libro llegó a mis manos porque entre las mil profesiones que tuvo mi abuelo, seminarista fue una de ellas y sabe rezar en latín. Me fascinaba escucharlo hablar en ese idioma desconocido y me prestó el libro para que aprendiera un poco de latín.

Desde entonces mi fascinación por los libros usados inició. Por un lado suelen ser muy baratos, y cuando tu avidez por la lectura la tienes que solventar tu mismo porque tus papás no se cansan de repetirte que “hay libros en casa”, un libro que cuesta 10 pesos se vuelve una opción bastante lógica. Por otro lado es difícil para mí el restarle romanticismo cuando esa es mi motivación principal: los libros usados tienen personalidad y guardan la historia de alguien más.

Si de un libro nuevo se trata, prefiero que se mantenga prácticamente en el mismo estado en el que llegó a mis manos, elijo siempre el que se vea más nuevo y lo mantengo así. Pero los libros usados son otro cuento. Entre más historia tengan entre sus páginas mejor. Encontrar notas escritas en sus hojas, dobleces en las páginas, papeles olvidados entre capítulos o flores atrapadas me causa emoción, y procuro que permanezcan ahí. Le tomo especial cariño a los que fueron marcados por sus dueños originales, con ex libris, sellos o con puño y tinta, a los que el dueño original decidió transcribir alguna cita del texto en sus márgenes, subrayar algún diálogo o escribir lo que pensó en ese momento.

También nos permiten leer libros que probablemente no habríamos leído de otra forma, ya que tuvieron un tiraje pequeño o no fueron tan populares. Quizás obtengamos alguna edición vieja de historias que se siguen imprimiendo, y que dejan plasmado en el arte de su portada la época. A veces me llenan un poco de nostalgia cuando pienso en cómo habrán llegado hasta ese montón de libros abandonados. ¿Lo habrán robado? ¿Vendido? ¿Donado? O quizás el dueño original falleció y a nadie le interesó guardarlo. Historias perdidas de objetos perdidos, pero que obtienen una segunda vida cuando alguien más los sostiene.

Todos nuestros libros, los que nos esforzamos en mantener intactos y los que fueron adoptados, terminarán en alguna otra biblioteca cuando no los necesitemos más, ya sea por voluntad propia o porque habremos perdido la capacidad de leerlos. Quizás ningún libro nos pertenece realmente, y sólo toman su lugar, costilla contra costilla, apretados y amontonados en nuestros libreros, mientras sea su tiempo. Creemos haberlos domesticado, rescatado de una vida vagabunda, pero quizás ellos nos rescatan a nosotros, un ratito, hasta que sea tiempo de que alguien más los resguarde.

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