Leyendo con las estaciones

El otoño me empuja a lecturas aún cortas pero un poco más complejas.

Muchas de las actitudes que tomamos como lectores sobre qué libro leer en qué momento tienen que ver con lo que se decidía publicitar. En el caso de las lecturas de verano, que empezaron a finales de los 1800 en Estados Unidos como una estrategia de venta, son casi un género por sí mismas. La idea de “una lectura de playa” viene justo de este momento, y es un poco risible pensar que el que se nos antoje un libro ligero y contemporáneo para pensar en la relajación total quizás no tenga nada que ver con nuestros deseos de verdad. Pero esto me llevó a pensar que así como en verano se me antojan páginas ligeras, lenguaje sencillo, una historia corta y contemporánea, mis deseos de lectura el resto del año tienen mucho que ver con que se supone que canónicamente estoy haciendo en ese momento.

Mi idea de una lectura de playa viene justo de lo que me vendían en esa época y porque en un tiempo sí fue como se dividía mi tiempo: con los largos días del verano de vacaciones, alejada de la escuela y otras responsabilidades. El calor de la ciudad de mis abuelos o de la playa me impedía querer empaparme de alguna compleja historia de fantasía, e inevitablemente me inclinaba por historias cortas y sencillas, disfrutando el sopor en el que me mantenía la temperatura y la ausencia de requerimiento cognitivo. Ahora, claro está, si quisiera podría tomarme unas dos semanas de vacaciones durante el verano, pero no surte el mismo efecto que los dos meses en mis años formativos. El verano y la idea romantizada que me inculcaron las editoriales desde muy pequeña me permitió también aprender a disfrutar el resto de las estaciones del año y adaptar mis lecturas al clima y mis actividades.

El otoño me empuja a lecturas aún cortas pero un poco más complejas. El viento empuja con fuerza, pero aún se me antoja salir a caminar y sentarme en algún lugar para leer. Dos de mis festividades favoritas ocurren en esta época, y con mi cerebro regresando a las actividades normales, suelo elegir un libro de terror, clásico o contemporáneo. Como elijo libros que me puedan acompañar también durante el invierno, otoño es cuando suelo iniciar alguna serie de fantasía. Mi razonamiento es que aunque el contraste más drástico del verano quizás es el invierno, en otoño empieza el camino a las noches largas y me apetecen historias de nuevos inicios, de tragedias que lo empujan a uno a moverse, y de un poco del efecto que tiene en nosotros que a nuestro alrededor comience a morir todo.

De las lecturas invierno ya he escrito, y es que fuera de continuar con las series que inicié en otoño, en el invierno con el frío envolviéndome hasta los huesos sólo se me apetecen novelas góticas o de ciencia ficción, del frío de universos distantes. En primavera es otro cuento, la temperatura mejora un poco, los árboles y flores vuelven a crecer, y mi corazón me pide historias esperanzadoras, del crecimiento personal, quizás lento, que nos ocurre con el tiempo. Con todo renaciendo, la primavera requiere lecturas de acompañamiento pero que nutran el alma y mente, me pide poesía y apreciar la vida.

Sé que quizás todos los sentimientos que intento evocar con el paso de los meses en mis lecturas también tengan un poco que ver con lo que me han dicho siempre que puedo esperar del paso del tiempo. Pero sé que todo esto es diferente en cada lector, y nuestros pequeños rituales crean nuestras rutinas y nos ofrecen paz: el tiempo es cíclico y ese conocimiento da comodidad y seguridad. F. Scott Fitzgerald lo escribió mejor de lo que yo podría en ‘El Gran Gatsby’: “La vida comienza de nuevo cuando refresca en otoño”.

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