Abrazo eterno

Mi emoción era tal que no sentí pena alguna al despedirme de mi madre.

Mi emoción era tal que no sentí pena alguna al despedirme de mi madre. No me conmovieron sus lágrimas y desoí su ruego.

–No vayas, Juan, he soñado que un águila enorme se apodera de ti, se eleva hasta la estrella y luego se deja caer, contigo entre las garras, por el cráter del volcán, –me dijo, en medio de un abrazo aferrado.

–Me he preparado bien, mamá, no te aflijas. Pasé sobradamente los exámenes y ya tengo la experiencia en tres montañas. Mi entrenador confía en mí y estará a mi lado todo el tiempo. Además, soy joven, mi cuerpo aguanta cualquier cosa –le respondí, tratando de minimizar su angustia—. En unos días estaré de vuelta y no lo haré más, le prometí sin pensarlo y, tras un beso rápido, me zafé de sus brazos.

Partimos antes del amanecer de una mañana de octubre. Alborozados, nuestras piernas parecían tan ligeras como las de un cervatillo.

–Pronto estaremos poniendo nuestra marca en la cumbre más alta de este país y tercera del continente. Y lo haremos por el lado difícil, por el glaciar Jamapa, aprovechando que ya terminó la temporada de lluvias –aseveró Manuel, mi entrenador y guía de la expedición, a quien nunca faltaba, como buen maestro y fanático de la historia y los datos curiosos, un discurso lleno de información interesante.

La primera y segunda jornadas concluyeron sin incidentes. Después de armar el campamento, alrededor del fuego que servía de cocina y nos calentaba cuerpo y ánimo, la charla nos hacía aflojar los nervios y nos alistaba para el necesario reposo.

Durante el tercer día, cuando ya las palabras debían economizarse debido a la escasez de oxígeno, comencé a sentir ese deseo de fundirme con la montaña que durante la velada anterior expresara Manuel.

–Para mí el montañismo obedece al anhelo de convertirme, como las elevaciones, en testigo de la historia –nos había confesado—. Y, en el caso de los volcanes, no solamente observador; me parece que, de alguna manera, ellos reaccionan ante la conducta humana… Por ejemplo, se dice que éste, el Poyauhtécatl, “el que está donde adelgaza la niebla”, nombre referido a su cima que sobrepasa en altura los bancos de espesa neblina, o Citlaltépetl, “cerro de la estrella”, por lo que ya sabemos: la posición de Venus sobre su cráter en esta época del año, emitió fumarolas precisamente en 1521, poco antes de que Hernán Cortés irrumpiera en el territorio mexica. También mostró su enojo a principios de 1867, a unas semanas de la sangrienta batalla del 2 de abril, en que Porfirio Díaz, por entonces general de las tropas republicanas, tomara la ciudad de Puebla, defendida por la gente de Maximiliano.

Me envolvía un silencio sobrecogedor al que no interrumpía, solamente ponía ritmo, el concierto de jadeos y el crujir de la nieve bajo nuestros pasos. El relato de mi vida, breve y sin mayores emociones, se fundía entre los siglos poblados de millones de biografías, de gestas de pueblos. Guerras, dominaciones, historias heroicas, desastres naturales. Todo aparecía en mi mente, sembrado por alguna inspiración incomprensible. Aquella película imaginaria, monumental, me hizo rezagarme. No escuché la voz de Manuel que me impelía a apurar el paso, alcanzar al grupo. Entonces se detuvo para esperarme y enganchó su cuerda con mi arnés. Hizo seña a los demás de encordarse de dos en dos. Comenzaba a soplar un viento helado que dificultaba mantener el precario equilibrio. Apenas se formaron las parejas, cuando un estruendo ensordecedor precedió al caos. ¡Avalancha! Alcancé a adivinar la palabra que se dibujaba, entre muecas, en la faz de mi compañero. No supe más. Fuimos arrasados por toneladas de nieve que caían a gran velocidad.

–¡Despierta, Juan, estamos vivos! –fue lo primero que escuché al regresar de un largo sueño en el que volé y volé, sostenido por las garras de un águila gigantesca.

Nos hallábamos en una especie de gruta estrechísima, azulada, color que arruinaba un charco rojo que surgía de mi frente.

–Vamos a lograrlo –seguía animándome mi maestro, pegado a mi espalda—. Verás que pronto nos encontrarán, sólo tenemos que mantenernos despiertos y tratar de cavar un agujero hacia la superficie para jalar aire y oírlos venir.

Varias horas después, no sé cuántas, desistimos del agujero… habíamos quedado atrapados en alguna grieta, la montaña nos había engullido.

Aun así, el espíritu de Manuel no decaía; continuaba exhortándome a no dormir, a conservar la esperanza. Cada vez que me sentía adormecido, me abrazaba con fuerza y con los bigotes llenos de escarcha, me picaba la nuca.

–¡Juan, Juan! No te duermas. ¿Ya sabes la leyenda del volcán? Escucha:

Cuentan que hace muchos miles de años, los olmecas expandían su territorio gracias a una guerrera infalible: Nahuani. Ella ganaba siempre las batallas por su valor y su clara inteligencia. Se decía que el secreto de sus aciertos era su compañera inseparable, Ahuilizapan, considerada una mujer-águila. Imagínatelas, Juan: Nahuani era joven, muy hermosa, con un cuerpo perfectamente esculpido, ágil y de músculos largos y marcados. Cabellera negra y brillante que le caía hasta la cintura y ojos de fuego que parecían hipnotizar. Fascinaba a los olmecas y atemorizaba a los enemigos, pero ningún hombre, nunca, la había tocado. Tras ella, casi tan cerca como tú y yo ahora, estaba Ahuilzapan, un poco más baja, de talle cuadrado. El cabello a los hombros, entrecano, le daba aspecto de plumaje de águila. Se creía que por las noches arrullaba a su joven compañera y, mientras ella descansaba, se tornaba en ave. Antes del amanecer, ya había sobrevolado las tierras hostiles para dar cuenta a Nahuani de los puntos vulnerables del enemigo.

Pero un día aquella magia falló. La guerrera resultó herida con una flecha impregnada de veneno letal, sin que los cuidados de su compañera lograran evitar su muerte.

Los olmecas organizaron los funerales más fastuosos de que se tuviera memoria y oraron a todos los dioses para que Nahuani fuera incluida en el más alto de los cielos. Sus ruegos no fueron en vano: en el firmamento surgió una estrella brillantísima, esa que ahora llamamos Venus.

Cuando el cuerpo de su compañera no estaba ya, Ahuilzapan lanzó un grito que hizo temblar la tierra. Luego tomó la forma de águila y se elevó hacia la estrella a recuperar el espíritu de la guerrera. Aseguraron que lo traía consigo cuando se lanzó desde allá, en picada, hasta clavarse en la tierra. La pasión y el enojo provocaron una terrible erupción que hizo nacer el Citlaltépetl, justo bajo el astro brillante. Este Pico de Orizaba (Orizaba es sinónimo de Ahuilzapan), que nos tiene atrapados.

La voz de Manuel me parecía cada vez más lejana; sentí que sus brazos se convertían en grandes alas y volábamos juntos hacia la estrella… apenas alcancé a escuchar, cuando terminó el relato, una explicación acerca de la movilidad de los glaciares. Creo que dijo que en unos cincuenta años nuestros cuerpos serían encontrados, quizás convertidos en momias congeladas.

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