Sobre leer

Leer es una experiencia personal.

Desde siempre me ha fascinado cómo mi abuelito sabe algo de casi cualquier tema: abejas, conejos, el espacio, la sangre, el sonido y por qué sabe mejor el agua de jamaica bien fría.  Y si tal conocimiento no provenía de la experiencia, solía decir: “lo leí en…” y procedía a enseñarme el libro o, si es que a través de los años se había perdido tal ejemplar entre las páginas de su propia historia, hacía lo posible por intentar recrear con su palabras lo que había leído, el por qué, el cómo, el cuándo y el dónde. Antoine de Saint-Exupery alguna vez dijo que el mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe a dónde va. Y así lo veía yo a él. Veía que él caminaba seguro y estaba casi segura que toda esa seguridad era por toda la experiencia que tenía. Experiencia que, si bien en gran medida fue adquirida por sus vivencias a lo largo de los años,  también era proporcionada por alguien más. Cada paso suyo tiene nombre, cada palabra un lugar, un título, un tratado u artículo detrás. Una sonrisa de seguridad, de que nunca está solo.

Aunque él, en su mayor parte, me recomendaba libros técnicos y de ciencia, yo prefería mil veces que él me explicara las cosas y observarlas, para luego relajarme con algún país lejano, con dragones y brujas y héroes y heroínas. Mi abuelito sabe que es imposible vivir todas las vidas, probar todas las cosas y ver todos los lugares, aunque lo intenta. Pero siempre me enseñó lo mucho que leer te construye y destruye.

Pero para eso hay que saber leer. Porque leer no es pasearte por sobre las palabras y devorar la información, aprenderla y luego recitarla en el momento adecuado para que todos se asombren con tu inteligencia y nivel de raciocinio, sin saber que te robaste esas palabras de un Rousseau medio viejo que encontraste entre las cosas Universitarias de tu padre. No, leer es mucho más que saber de sintaxis y metáforas y de practicidades. Leer es más que consumir y memorizar y ser testigo de diálogos de personajes enterrados en el psique del escritor.

Leer es una experiencia personal. Es sentir el libro, las pastas, las páginas, reconocer el olor de Tolstoi y de Nabokov y de Harper Lee. Es como bailar tranquilamente con las palabras, es saborear las metáforas, apreciar la prosa, sentir el alcohol entre los párrafos y emborracharte con el burbujeante vino que se acaba de tomar Nick Carraway. Es llorar, y reír y sonreír con sarna cuando el personaje lo hace. Es entender, enojarte y hasta justificar a algún personaje porque tú  sabes la historia completa.  Es enamorarte de hombres y mujeres a los cuales nunca conocerás, vivir sus penas, sus alegrías. Repasar cada frase con sumo cuidado, y sopesar sus palabras entre tu lengua, como si te las hubieran dicho a ti, como si Scarlett O’Hara se dirigiera a ti, y se viera perfecta y dijera cosas que te dejan sin habla. Como si Aura te hubiera hipnotizado a ti, como si Sherlock te hubiera atrapado a ti. O, peor aún, como si tú fueras el personaje principal, viviendo cosas nuevas, tomando decisiones intrépidas y arriesgadas, haciendo y diciendo cosas que nunca pensaste que dirías.  Desconociendo el final de tu propia historia o fingiendo que si lo sabes, y que no te sorprendió en absoluto que se muriera su hermano. Leer es encontrar entre las páginas una frase, con algo que habías pensado ya por un tiempo y que no sabías como decir, y saber que alguien, que quizás ya está muerto, entendió o entiende cómo te sientes. Es estar solo físicamente, pero no por dentro. Es vivir aventuras de la mano de personajes que han viajado a lugares extraños e inhóspitos y ser testigo de los más maravillosos milagros y barbaridades. Es aprender, cuestionar y hasta aceptar puntos de vista distintos a los tuyos. Es aceptar que Hemingway era un borracho misógino, pero no hay nadie como él que pueda hacer que tres frases tengan más significado para ti que muchas comedias románticas. Es sonreír y dejarte llevar por la pasión de los escritores latinoamericanos, por su lenguaje rimbombante, su interpretación de una época y de un sentimiento. Es platicar con el autor, aunque no lo conozcas; es sentir que te conoce más que los que están a tu lado y sentir que tienen una relación única y nadie más se sentirá de esa manera nunca.

¿De qué te sirve recitar a Shakespeare si nunca has sentido la pasión detrás de las palabras de la fierecilla? No, lo estás haciendo mal. Es citar, más no repetir. Es aprender, más no memorizar.  Es sentir, no repasar.

Si no sientes ansias cuando un libro ya va a llegar a su final, y lees más lento para que no pase, y piensas “No, no podrá concluirlo bien en tan pocas páginas”, releyendo frases hasta llegar al inevitable final, pero no te sorprende que sí pudo, y con tal majestuosidad que nada vuelve a ser igual: no estás leyendo bien. Debes sentir un vacío, un golpe. Un “no quiero que acabe” y escuchar un “ya son las 3 de la mañana, ¿Qué haces despierta?” y disculparte, hablando como ella, como la que viaja y acaba de descubrir que su padre murió. Debes leer rápido y lento, pasando las páginas como si no hubiera otra cosa que hacer, y al mismo tiempo saber saborear cada frase, cada punto. Leer un libro rápido, y luego leerlo lento y releer tus partes favoritas y tatuarlas en alguna parte de tu cerebro. Es no necesitar encontrar las metáforas escondidas, es entender que tu vida es una metáfora de una metáfora y de otra metáfora más, y no darle importancia a las comas y puntos y solo leer y embeber las palabras y olvidar la sintaxis y la ortografía y al mismo tiempo, maravillarte porque uso esa palabra en vez de esa otra palabra. Y sonreír porque lo hizo y perderte tanto que al final del día no sabes si eres tú o Demian hablando o Arya Stark o Clara del Valle o Puck o alguien más.

Es ser muchas personas, experiencias y opiniones en una sola. Es parecer algo y ser otra cosa y que, al final del día, quizás habrás vivido más y mejor y diferente, dentro y fuera del papel.

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