Fiesta en Tsu’an

Unos dijeron que la madre tierra estaba enojada, que ya no aguantaba más los malos tratos.

Sa’sabü, suñipü Pyonba pabiñomo

Tsameyomo’ sügdsüjkpabü’ kyi’xka’ ku’yomo. Tsameyomo’ yajk sü’nbabü’ijs te’ tsu’ y yajk tsu’ajpabü’ te’ jama. Tumü’ une’, tumü pabiñomo, tumü yomo’, tumü chu’we’.

Tsameyomo’, yajk tu’ byabü’ijs te’ matsa’ y yajk ja’pübyabü’ijs te´ müü’. Tsameyomo’, ijtubü ükubü’ y tü yajk jamemitabü’ijs te’tijuribü tiyü dü jambü’ubü’am.

Pyonba pabiñomo hermosa, excelsa, Señora del Volcán.

Señora que celebra sus enojos con fiestas, señora de noches multicolores y días oscuros. Niña, joven, señora y anciana de belleza temida.

Señora que apaga las estrellas y enciende los rayos, que duerme despierta, que recuerda el olvido.

(Traducción de Domingo Gómez Domínguez, variante de Chapultenango.)

Aquí, en Tsu’an, el lugar del embeleso, todos los días son de fiesta. Nosotros, los que aceptamos la invitación de Pyogba Chu´we, la señora que arde, dueña del volcán Tsitsungotsöjk o Chichón, que le llaman, vivimos esta espera gozosa, hasta que nuestra ama nos diga que ha llegado la hora en que los zoque, los auténticos, los de la palabra verdadera, estaremos listos para volver a nuestras tierras. ¡Pero qué prisa tendríamos por regresar a esa existencia, a la pobreza y la explotación que sufrimos por tantas generaciones!

Hablaban los abuelos de tiempos lejanos, antes de que llegaran los ladinos, antes de que los mayas construyeran sus portentosas ciudades, o derivasen en los llamados tzotziles, tzetzales o chamulas, cuando solo los nuestros, los o’depüt o zoques, vivían alrededor del volcán, disfrutando de la riqueza de la tierra. En ese tiempo la Pyogba era una niña, se llamaba Pyogba une. Atraía por su cabellera rojiza, los ojos que pasaban del café al verde, como agua de estanque removida, de acuerdo con la hora del día; cuentan que era inocente y bondadosa, jugaba con los chicos a quienes sorprendía por ser capaz de palmear y cocer a un tiempo las tortillas, con el calor mágico de sus manos. La seguían los perros, los pájaros y los tejones; hasta los cervatillos se acercaban a ella sin temor. Por las noches entraba a su casa, Tsu’an, por una gruta que se abría sólo para ella en las afueras de la antigua ciudad.

Varias generaciones más tarde, pues duró siendo niña por muchas lunas, en su torso brotaron dos colinas pequeñas. Son mis dos pequeños volcanes, decía, ruborizándose. Su encanto había crecido con ella y a su magnetismo natural agregó el deseo de imitarla que provocaba en las mujeres y el de tocarla, acariciarla, estrujarla, que despertaba en los hombres. Cambió también su nombre, ahora se hablaba de ella como Pyogba pabiñomo, joven ardiente. Ella disfrutaba su popularidad, mas nunca permitía que ninguno se propasara… soy de todos, no puedo ser de uno, a esta distancia los hago felices, más cerca causaría dolor y muerte, les decía, sin explicar, pues siempre ha hablado sin claridad, para que sólo descifren su lenguaje los que conocen el fondo de las palabras. Dice por ejemplo: la puerta de mi Tsu’an está protegida por fauces de jaguar, refiriéndose a su vagina dentada, que causó la muerte a los mejores guerreros mayas, quienes creyeron haberla hecho prisionera para solazarse con su legendaria belleza.

Fue después de evadirse de aquel secuestro cuando se encerró en el volcán y dejó de convivir con nuestros ancestros, ofendida porque no la protegieron de esos hombres, ni defendieron con virilidad su ciudad y sus tierras, primero de los mayas y más tarde de los mexicas. O tal vez avergonzada por haber perdido la doncellez, convirtiéndose en Pyogba Chu’we, señora que arde.

Los antiguos zoques se quedaron como huérfanos. Tristes y oprimidos por otros pueblos, aprendieron a curar la nostalgia hundiéndola en aguardiente que hacían con el maíz fermentado. Así se olvidaban de haber sido libres, del tiempo en que no pagaban tributo con el fruto de su trabajo y llegaron a creer que la Pyogba había sido una visión provocada por ese pox que se adueñaba de sus mentes y las de sus abuelos.

Como otros pueblos creían que pagar tributo a Tenochtitlan los humillaba; tampoco sabían que vendrían peores opresiones, que serían despojados de la tierra y convertidos en siervos, maltratados por españoles y ladinos, destinados a dejar la vida en jornadas de sol a sol, alimentados con un poco de café, posol y una vez al día un plato de frijoles con tortillas.

Al paso de incontables cosechas, el hambre empobreció el pensamiento. Los que aprendían la lengua y las costumbres de los ladinos, despreciaban la palabra auténtica, el saber antiguo. Algunos aceptaron que aquellas ideas venían del demonio y debían ser erradicadas; incluso olvidaron que el nombre de nuestro pueblo no era Francisco León, sino Coalpitlán, apelativo satanizado por referirse a serpientes, animales malditos por la iglesia, al que alguna vez añadieron el de Santa María Magdalena, el cual nos cuadraba mejor porque podíamos rezarle pensando en la Pyobga.

Así fue que, cuando en el año 1982 de la cuenta nueva la tierra comenzó a zangolotearse, cada quien se aferraba a una explicación diferente.

Unos dijeron que la madre tierra estaba enojada, que ya no aguantaba más los malos tratos. Otros aseguraban que era una batalla más de la eterna lucha entre San Marcos y su nagual, el león alado, y que nuestra suerte dependería de quién ganara. Los que más iban y venían habían ido a Ixtacomitán, a consultar la caja parlante de don Patrocinio, que según ellos, recibía mensajes directos de San Miguelito, y éste les dijo que pronto tronaría el cerro. Y no faltaba el interesante que juraba haber soñado con fuego saliendo de la boca del volcán.

Sobraron rezos y santos paseados; hubo hasta animalitos sacrificados a la usanza antigua para apaciguar las fuerzas sobrenaturales. El 28 de marzo, después de un temblor más fuerte, echaron campanas al vuelo en todas las iglesias de los alrededores; eso, determinaron unos, hizo que el volcán enfureciera. Los que tenían a dónde llegar en Tuxtla o más lejos, empacaron y se fueron.

Solo unos pocos decidimos quedarnos a la fiesta que llevábamos preparando. Nos había elegido una anciana andrajosa que apareció por el pueblo algunas semanas atrás. No habló con los que la miraban con desconfianza o hasta con desprecio. Pero escogió entre los jóvenes a quienes, en nuestra lengua y con la delicadeza debida a los viejos, la saludamos. Entonces, acercándose, nos dejaba ver sus verdaderas facciones: joven, muy bella, con ojos verdosos. Nos decía: quiero celebrar mi cumpleaños con ustedes. Será poco antes de fiesta de San Vicente Ferrer, pasando el viernes de Dolores, porque soy respetuosa de las creencias de sus vecinos. Habrá baile con tambores, prenderemos castillos. Vayan preparando todo, volveré entonces… Luego desaparecía.

Estuvimos trabajando duro esos días para tener lo necesario: el poreane o pan de maíz de las fiestas, suficiente pox, carne seca de iguana y conejo, harta leña rajada. Afinamos los violines, limpiamos flautas y tambores.

El dos de abril sentimos su llamado. Como los animalitos, que huyeron ese día, adivinamos que era el momento. Los elegidos nos reunimos en el salón donde se hacen las fiestas, y empezamos a tomar, esperando que la Pyogba apareciera. Tal vez bebimos demasiado, porque nadie recuerda muy bien cómo fue que ella llegó, por qué camino nos condujo hacia acá, a Tsu’an, su hogar.

Ahora somos huéspedes de este sitio de embeleso. Nada nos falta. Podemos enterarnos de lo que ocurre fuera sin sentir pena. Vimos cómo el cielo se oscurecía, las víboras de fuego rompían por momentos la nube negra que parecía un hongo inmenso. La lluvia de arena y piedras destruyó las casas de nuestro pueblo y de varios vecinos. Los que trataban de huir no lograban avanzar en el lodo chicloso y caliente que cubría los caminos. Si alcanzaban a llegar a algún refugio, se hacinaban allí con hambre, con miedo y la desesperanza de un futuro triste. Venía gente del gobierno a hacerles promesas, muchas cámaras y soldados invadieron la zona.

Y nosotros aquí, de fiesta, todavía embelesados… Pero volveremos, según nos anuncia la señora del Tsitsungotsöjk, a poblar las tierras que por antigüedad nos corresponden, en un tiempo nuevo en que nuestros pensamientos y nuestra lengua serán respetados y admirados. Entonces la Piogba estará tranquila. Ella y su volcán.

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