Violencia interplanetaria

En la cabina de su nave espacial, los verdes dedos de Nemalx parecían galopar sobre el teclado.

Miles de años habían pasado.

Era por fin la fecha registrada por aquel sabio milenario, el jefe de los astrólogos al servicio del faraón, quien no había informado de ese caso en particular al Consejo ni a su soberano, por temor a arruinar la vida de su adorada hija, convirtiéndola en ave de mal agüero.  Pero el atormentado padre estaba seguro, la carta astral de la niña hablaba de un acontecimiento tan importante como increíble, que sucedería después de reencarnar decenas de veces, destino al que sería incapaz de escapar.  A menos que… Ramsel, el famoso sabio, cambiaba sus horas de descanso por arduo trabajo en esa investigación secreta.  ¿Por qué a su pequeña? ¿Cómo advertirla, grabar en su conciencia transtemporal la señal de alerta, proteger su alma sensible del ser extraño? ¿No avanzaría la ciencia, las disciplinas de autocontrol, lo suficiente para cubrirla de una armadura invisible?  Al interior del sarcófago finamente labrado que mandó construir para albergar algún día el cuerpo de la niña, Ramsel escribía durante las noches consejos, consignas, conjuros, fórmulas para fortalecer el alma que de ahí saldría, abandonaría cuerpo, estuche y cámara funeraria para comenzar el milenario peregrinar hacia aquel trágico destino.

Ramsel emprendió el viaje al mundo de los muertos lleno de angustia, pensando que quizás sus esfuerzos habían sido en vano, pues a pesar de todo el conocimiento acumulado por su civilización, mismo que su cerebro había absorbido por completo, dudaba que pudiese traspasar las fronteras del tiempo, grabarse en el alma de su hijita de tal manera, que permaneciese fresco después de varias reencarnaciones.  Así pues, Ramsel se llevó consigo el funesto presagio, no obstante la importancia científica que implicaba: sí, había vida inteligente en otros planetas.  Seres que nos conocían y cuyas vidas podían ligarse en algún momento con las terrestres.

Tristertiti creció al lado de su madre, quien no dejaba pasar un solo día sin traer a la conversación al desaparecido Ramsel, su sabiduría, su importantísima labor al lado del faraón.  También le transmitió el amor por las estrellas, que en la mujer era más intuitivo, sensible, con sólo una barnizada del interés científico de su difunto marido.

Cuando le llegó el tiempo de contraer matrimonio, los astrólogos, discípulos de su padre, se esmeraron en buscar al más indicado de acuerdo con las señales celestes.  Así pues, el noble joven Aluvión desposó a Tristertiti.  El propio faraón ofreció el banquete, como un regalo póstumo a su leal consejero y amigo.  Los augurios eran de paz doméstica, fecunda descendencia y abundantes bendiciones.

Los temores de Ramsel se habían olvidado.

Tranquila, rodeada de hijos y nietos, Tristertiti exhaló años después el último aliento, sin haber probado nunca el torbellino de la pasión.  Su cuerpo fue embalsamado según la costumbre e introducido en aquel sarcófago que había traído consigo de la casa paterna.  Nadie reparó en las extrañas inscripciones con que estaba cubierto el interior de aquella caja mortuoria.

 

II

 

“De acuerdo con los astrónomos, estamos presenciando un fenómeno que tardará cientos de años en repetirse: la Tierra y Marte alcanzan, este 2005, la distancia más corta entre sus órbitas.  En estos meses, el planeta rojo se verá, cercano y brillante, todas las noches despejadas”.  Tana seguía con atención estas noticias y salía todas las noches en busca de esa estrella rojiza que la fascinaba más allá de lo confesable.  Desde que conoció a Nemesio, casi dos años atrás, su percepción de las cosas era distinta: lo que antes le pareciera de suma importancia, ahora la hacía alzarse de hombros.  En cambio, se mostraba especialmente sensible a cuestiones meteorológicas, al color del cielo y el aroma circundante; a la mirada de la gente con quien se cruzaba más que a las palabras que giraban a su alrededor sin atreverse a penetrar en su mente casi siempre lejana.  Excepto en lo tocante al asunto marciano.  Le causaba una inexplicable emoción a la vez que un temor irracional.  Y se daba cuenta de su propia alteración, diríase cambio de personalidad.  Estaba hipersensible, especialmente a las acciones y reacciones de Nemesio.  Él, al principio tierno, romántico, paciente, se mostraba cada vez más distante, frío y a veces hasta tosco y cortante.

Sin embargo, el día que Marte y la Tierra reducirían su distancia al mínimo posible, Nemesio invitó a Tana a lo que llamó nuestra gran noche.  Ella, perdidamente enamorada como estaba, tomó todo el día para prepararse.

 

III

 

En la cabina de su nave espacial, los verdes dedos de Nemalx parecían galopar sobre el teclado.  En la pantalla apareció un rostro de apariencia acuosa, cuyo único ojo parpadeaba sin cesar mientras emitía una serie de sonidos ininteligibles a los que Nemalx, asintiendo con la cabeza, respondía a través del teclado.  Confirmado, esta noche completaré la misión.  Escribió antes de cortar la comunicación.  Luego se incorporó.  Se deslizaba, en vez de caminar, dando de vez en cuando un pequeño salto.  Abrió la puerta corrediza de lo que parecía un cuarto de baño.  Pero en el interior, en vez de regadera, había un aparato del que salían rayos color fiuscia.  Entró allí y apretó otro botón.  Los rayos lo envolvieron.  Al salir, su apariencia era totalmente humana, es más, era un hombre bastante atractivo.

Sonó el timbre.

Era Tana, hermosa, arregladísima, con un pastel en las manos.

Nemesio, mi amor, será una gran noche, le dijo al entrar.

Ya lo creo, contestó él.

Mientras la besaba, su apariencia humana se desvanecía.  Primero fueron los dedos, otra vez verdes y puntiagudos.  La ropa pareció crecer, cuando en realidad era su cuerpo el que se enjutaba.  Tana, con los ojos bien cerrados, no notó que los dos ojos se juntaban, formando uno solo.  El amor y el deseo le impidieron darse cuenta que esos dedos sobre su pecho no eran una caricia, abrían de una extraña forma todos sus tejidos, como si se mezclaran con las fibras de su carne.  De pronto un dolor insoportable la hizo reaccionar.

¿Qué me haces?, gimió.

Está hecho.  Te arranqué el alma.

Tana se aterrorizó al ver ese semblante monstruoso y entre aquellas manos rarísimas una especie de incienso espeso, pero brillante, se agitaba con movimientos gelatinosos.

¡Se acabó!, gritó el extraterrestre.

Un ruido ensordecedor y luces de colores invadían ahora lo que antes fuese un acogedor apartamento.  Tana se oprimía el pecho con ambas manos, tratando de mitigar el dolor que casi la hacía perder el conocimiento.  Nemalx vacío el alma de Tana en un tarro congelado y la bebió de tres sorbos, como si fuera agua.

Con esto viviré tres mil años más, declaró satisfecho.

¿Y yo moriré?, preguntó Tana.

No, eso desearás cada día, pero vivirás sin alma por muchos, muchos años más.

La puerta, convertida en escotilla, se abrió.  De una patada Nemalx lanzó a Tana hacia fuera.  La nave había despegado ya y ella cayó varios metros.  Entonces, mientras caía, aparecieron en su memoria todos aquellos caracteres inscritos dentro del sarcófago donde yació una vez, tres mil años antes, cuando abandonó el cuerpo de Tristerfiti.  Allí estaba grabada esa fecha, 2005, y la amenaza que representaba enamorarse de un extraterrestre.

El presagio se había cumplido.  De nada sirvieron las advertencias de Ramsel.

Tana intentó levantarse del piso, estaba muy lastimada, llena de moretones y algún hueso roto.  Sabía que de los golpes físicos se reestablecería con el tiempo, pero nunca más recuperaría su espíritu fuerte, su alma sensible, su capacidad de amar confiadamente.

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