La Reina

Fui fiel a mi Iglesia, haciéndola gobernar en el cielo y, al lado de mi marido, en la tierra.

Naciste para reina; yo, humilde republicano, me pongo a tus pies, solía bromear conmigo, desde niña, mi querido padrino don Sebastián, cada vez que me saludaba besándome la mano. Aunque luego reía y me abrazaba, para mí, aquello no era un juego; esa certeza de ser predestinada me ha acompañado y aquí estoy, prueba viviente de que la profecía era bíblica. Me convertí en Ester, la intercesora; la reina. El pueblo de Dios, su Iglesia, te encomienda la misión de devolverla a su sitio en este país, me instruyó el Obispo Labastida, aprovechando el secreto de confesión, unas horas antes de unirme en matrimonio al hombre más poderoso del país, el que gobernaba todavía a través de su compadre y seguiría haciéndolo, según la opinión de los versados en política.  ¿Quién diría que mi niña me elevaría de nuevo?, me dijo poco después mi padre, conmovido, cuando mi esposo le asignó la cartera de gobernación. Superé a la legendaria judía, yo fui dos veces salvadora: los lerdistas que encarnaba papá recuperaron su influencia en los asuntos de Estado; tanto, que se volvieron los indispensables científicos.

Fui fiel a mi Iglesia, haciéndola gobernar en el cielo y, al lado de mi marido, en la tierra. Y honré a mi padre, mientras vivió, manteniéndolo al tanto de cuanto llegaba a mis oídos.

Hoy es el día más glorioso de mi reinado junto a Porfirio. Nos acompaña lo más granado de nuestra corte y representantes del mundo entero. La seda de mi vestido rivaliza en brillo con las condecoraciones que cubren el pecho de mi esposo. Lo reviso de reojo. Su porte es espléndido, me hace olvidar que precisamente hoy cumple ochenta años. Como él dice, es de buena madera. Algo bueno tiene la sangre india, debo aceptarlo. Se mantiene erguido hasta cuando no trae, como hoy, el corsé con varillas. Conserva el pelo y su piel gruesa no se ha arrugado demasiado. ¡Ay, pero qué trabajo me ha costado refinarlo, quitarle los modales toscos y los gustos vulgares, la aspereza de soldado mixteco! Recuerdo cómo me horrorizó la primera vez que acercó su cara a la mía, para robarme un beso. Estaba en el estudio de papá, que generosamente me prestaba para dar al General su lección de inglés. El día que nos conocimos, en la recepción de la Embajada, me suplicó que le diera clases.  ¡Cómo me gustaría dominar la lengua como usted lo hace, señorita!, me dijo admirado por mi acento, cuando me escuchó conversar con el excelentísimo embajador. Es poco mérito, le respondí. He pasado los últimos años en los Estados Unidos; allá terminé mi educación. Él fingió ignorar cada uno de los movimientos de mi familia, exiliada junto con don Sebastián Lerdo de Tejada por causa suya. No quería desagradarme con cuestiones políticas, según me confesó después, cuando ya estábamos comprometidos. Me extrañó entonces que papá no me impidiera hablar con él y, luego, hasta ayudó a fijar cita formal para comenzar en casa las lecciones de Porfirio.

¡Qué martirio tratar de domar su lengua, negada para los idiomas! Sabe, Carmelita, creo que no tengo solución. Sólo se me ocurre una: que se case usted conmigo, para que me sirva de intérprete de aquí en adelante… ¿aceptaría? Demoré la respuesta, por no parecer ansiosa, aunque estaba decidida. Ya mi padre me había advertido, con mal escondido alborozo, que le parecía sospechosa la asiduidad del General a nuestra casa y lo atento que se mostraba con la familia. ¡Te lleva cuarenta años, casi podría ser tu abuelo!, exclamó María Luisa mientras nos cepillábamos el cabello, preparándonos para dormir. ¡Y es tan prieto y bigotón!, secundó Sofía, mi otra hermana. Tan prieto, me quedé pensando la noche entera, sin poder conciliar el sueño. ¿Cómo vivir al lado de un indio prieto, por muy importante que fuera? Me levanté al alba y bajé a buscar a mi nana. Nanita, ¿se puede blanquear la piel de un indio? Me miró fijamente, escrutando el motivo de aquella pregunta antes de responder: No del todo, niña, pero sé hacer un menjurje que ayuda mucho.

Accedí a casarme con Porfirio… ¡Me enterneció tanto cuando no pudo contener las lágrimas, un llanto infantil por la emoción! Cerré los ojos para permitir que me abrazara y pensé que no sería tan difícil tomarle cariño, había una criatura maleable dentro de aquel adusto militar.

Desde nuestro primer día de casados, cada semana lo froto con asientos de grano de café y limón; luego le unto la mezcla de nata, avena y agua de rosas. Su piel ha dejado salir un tono bastante aceptable; tanto, que hay que ver los invitados que reunimos esta noche grandiosa: hasta el Marqués de Polvavieja le da el tratamiento de Excelencia, que suena tan hermoso con su pronunciación castiza. ¡Qué noche será ésta! Después del acto conmemorativo en el balcón, recibiré a la elegante concurrencia en el salón que he preparado con el lujo necesario. El gran baile del Centenario, la cúspide de mi reinado, superará a todo festejo del que se tenga noticia en este país, aun a los venideros. Giraré al ritmo de los valses orgullosamente mexicanos en los brazos de los enviados de las coronas europeas. Mis joyas brillarán tanto como los candiles del salón, refractando la luz eléctrica que hoy alumbra la ciudad entera. En los diarios del mundo se verán mañana las imágenes de la Ciudad de México convertida en un tapete de luces y las crónicas de estos festejos se leerán en todas las lenguas de Occidente y Oriente. Qué pena que mi querido papá ya no está entre los vivos, para dar con él una exhibición de elegancia en la pista.

Más difícil que enseñarle inglés y francés o blanquearle la piel ha sido alejar a Porfirio de su inclinación por actividades corrientes, como  ir a hacer ejercicio a la alberca Pane… My God! ¡Sumergirse en un gran caldo de asentaderas populares! Tuve que dictarle lecciones de comportamiento en los salones y en la mesa. ¡Me dio un vahído cuando pidió un plato de frijoles y comenzó a comerlos usando el cuchillo a manera de cuchara! Y, por supuesto, en la iglesia. Parecía no haber pasado nunca por el seminario, se conducía como un verdadero bárbaro ante los prelados de la santa institución.

He limitado el horario para sus actividades al aire libre: cabalgatas o paseos en coche abierto deben realizarse en cuanto amanece o cerca del atardecer, para que los rayos solares no arruinen mi esfuerzo.  Pero estos días ha sido imposible; hemos estado expuestos al sol casi a diario. Fue necesario polvearlo abundantemente, porque ya lo moreno parece salirle desde los huesos, no he logrado eliminarlo con el tratamiento de mi nanita, que en paz descanse.

Debo reconocer que he disfrutado junto con Porfirio los vítores del pueblo. ¿Lo ves? La gente te adora como a un buen rey, le dije hoy, después del desfile. Ahora mismo, cuanto más nos acercamos al balcón, mejor escucho la algarabía en el Zócalo. No se distinguen las palabras, pero sí la emoción. La escolta entrega a mi esposo la bandera nuevecita, reluciente, de pura seda importada. Él la toma, con el semblante pétreo que utiliza para evitar que su emoción se escape en torrentes de lágrimas. Voltea hacia la plaza y, con mano firme, impulsa el badajo de la campana que, hace unos años, hizo traer con gran pompa desde Dolores. Oh, mon Dieu, tu mano, trato de decirle, mas no consigo atraer su mirada hacia mis ojos. El polvo se ha caído en parte y se empiezan a notar horrendas negruras.

Un silencio imponente detiene el tiempo. La campana no emite ni un leve tañido. Porfirio da un paso atrás para que un integrante de la escolta se acerque a ver qué sucede. En el balcón, sólo se percibe el tintineo de las condecoraciones que cubren su pecho, al chocar unas contra otras. Gritos de ¡Liberen a  Madero! ¡Abajo el dictador! ¡Sufragio efectivo!, alcanzan a escapar a la reacción rápida de la policía que se hace cargo de los revoltosos. Atrás de mí, alguien murmura: también a unas cuadras hay problemas. Un grupo de artistas se inconforma en apoyo a Rubén Darío, que fue humillado por don Porfirio. Estoy al tanto de los disturbios; es cierto que mi esposo ya chochea, pero yo me encuentro en la plenitud de mi reinado. Cumplo responsablemente con mis funciones de primera dama y recibo a mucha gente en privado, como me aconsejaba papá, para mantenerme en el centro de la política. Traté de disuadir a don Panchito Madero de ir por su mano a ese callejón sin salida. Le expliqué a don Justo Sierra por qué su admirado poeta no podría ser recibido como parte del cuerpo diplomático. Y he cuidado nuestro patrimonio por si algo falla… si tengo que irme, será, igual que siempre, como una soberana. Después de haber permanecido tantos años en el lecho del vetusto monarca, no seré menos que la reina de Saba: partiré a tierras lejanas cargada de riqueza.

La campana está lista. Alguien había amarrado un trapo al badajo para silenciarla. Porfirio la hace tañer con fuerza al tiempo que grita: ¡Viva la Libertad! ¡Viva la Independencia! ¡Vivan los héroes de la Patria! ¡Viva la República! ¡Viva el pueblo mexicano! Sé que en su corazón grita más fuerte: ¡Viva mi Reina! 

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