Los hermanos

El viento fresco y las primeras luces de la aurora nos sacaron de aquel idilio.

Cuando a esta tierra no llegaban aún los hombres, antes de que los grandes animales vinieran a depositar sus restos, muy pocos morábamos el planeta. Nuestro enorme tamaño resultaba pequeño en comparación con el inconmensurable poder que poseíamos, capaz de desatar violentas pasiones.

Hablo de varios milenios atrás, cuando era yo una maga muy hermosa, en nada parecida a las deformes representaciones que han hecho de mí los supuestos artistas de este pueblo llamado Metepec.

Para que imaginen mi seductora belleza, les relataré el efecto que tuvo en dos desafortunados hermanos que lucharon por mí hasta encontrar su fin.

Xinan, el mayor, albergaba un espíritu fuerte y combativo, no se arredraba ante nada. Retaba al trueno, los terremotos le servían de arrullo y usaba el rugido del viento para afinar la voz.

Xocotl, el menor, era de temperamento dulce y sensible. Se regodeaba en la contemplación de la Naturaleza, se alegraba con cada aurora, se empeñaba en escuchar el canto de las estrellas y en dialogar con la luna. Constituía su mayor placer bañarse en aguas cristalinas. Se cuestionaba acerca de la existencia, el origen del universo y el sentido de todo lo que lo rodeaba.

A pesar de estas grandes diferencias, Xinan y Xocotl se amaban y complementaban.

Un día decidieron acercarse a las lagunas de Chicnaguapan para honrar a su abuelo, quien se había transformado ya en parte de la superficie terrestre, constituyendo un cerro cubierto de magueyes. Era una jornada en que los rayos del sol, desde un cielo desprovisto de nubes, quemaban como flechas puntiagudas. Xocotl invitó a su hermano a bañarse en las lagunas, pero éste declinó, prefiriendo quedarse un rato más al lado de su inerte ancestro.

En cuanto aquel cuerpo desnudo se introdujo en las aguas de mi laguna, mi deseo las agitó, provocando olas de dimensiones marinas. Xocotl, sorprendido y atemorizado, intentó recular. La fuerza de mis aguas se lo impedía, cada uno de sus movimientos producía el efecto contrario a sus intenciones y lo acercaba más al fondo de mis dominios, donde yo lo esperaba para gozar de su virilidad.

Al fin quedó a mi merced: Conforme la intensidad de mis efluvios aumentaba, la de las corrientes disminuía, permitiendo que mi visitante se relajase y compartiera el placer. Al experimentar las delicias del amor en cada uno de sus sentidos, Xocotl pasó del azoro al gozo; del miedo, a la certeza de estar enamorado. Nuestro calor entibió las aguas que nos envolvían con suavidad, sirviéndonos de lecho en el que reposábamos intermitentemente, abrazados.

En la laguna se reflejaba el tránsito del sol que, queriendo cubrir su rostro de nuestra vista, atrajo frente a sí una capa de nubes. La superficie pasó entonces del brillo cegador a la repetición de la infinidad de tonos del ocaso.

Al anochecer, Xocotl se despidió: mi hermano va a inquietarse por mi ausencia. Voy en su busca pero volveré a tu lado. Hasta mañana, amor mío.

Fue al encuentro de su hermano y le participó su felicidad. No existe en el Universo gloria comparable, le dijo. Con el alma embargada de alegría y su natural ingenuidad, no se dio cuenta de que, mientras le relataba su experiencia, a Xinan lo quemaba la urgencia de conocer tan fantásticos placeres. Así pues, en cuanto el hermano menor, exhausto y dichoso, caía en un profundo sueño, el mayor se escabulló y se dirigió hacia mis dominios.

Se desnudó bajo la luz de la luna. Sus formas plateadas encendieron de nuevo mi insaciable pasión y lo atraje, como a su hermano, al fondo de la laguna, donde pasamos una noche más intensa aún que la reciente jornada.

El viento fresco y las primeras luces de la aurora nos sacaron de aquel idilio. Debo volver, mi hermano notará mi ausencia y se inquietará, dijo. Pero no mostraba prisa en salir de mi laguna y se demoró un poco más, embriagado por mis caricias.

Cuando Xinan alcanzó la orilla, era tarde: Xocotl estaba ahí, presenciando la traición.

El dolor, los celos, la rabia, se apoderaron del que había sido dulce hermano, quien se abalanzó sobre el otro, dominado por una crueldad desconocida. Como es sabido, no puede haber lucha más descarnada que la fraterna y aquellos hermanos sacaron esa mañana sus peores instintos. Sus bramidos hacían estremecerse al más valiente y mantenían una atmósfera de suspenso que helaba las conciencias.

Debido quizás a la furia que lo embargaba, contrario a lo que se hubiese predicho, Xocotl dominaba a su adversario. Después de muchos saltos y golpes consiguió derribar a su hermano. No se impusieron la razón o el amor que hasta entonces le profesara y, armado con un filoso pedernal, le abrió el pecho, dejando su corazón al descubierto. El aullido de Xinan hizo temblar la tierra entera. La sangre brotaba a borbotones, salpicando al fratricida.

El rayo más grande que se hubiera visto iluminó el horizonte, seguido por un trueno ensordecedor.

Al darse cuenta de lo que había hecho, Xocotl pareció despertar de un mal sueño. Se lanzó sobre el cuerpo de su hermano tratando de reanimarlo. Fue inútil, Xinan había exhalado el último aliento.

Entonces rasgó la atmósfera la voz de su abuelo, Metl tépetl, deplorando el fratricidio y condenando a víctima y verdugo a convertirse en dos montañas que, como él, definirían la silueta del paisaje. Nos rendirán culto los humanos por innumerables generaciones; seremos adorados y admirados, pero eso no aliviará jamás nuestra vergüenza: la mía, por ser su ancestro; la de ustedes, por haber antepuesto las pasiones al amor de hermanos, a la lealtad que se debían. Y tú, fémina insaciable, quedarás por siempre atada al mito: hablarán de ti con temor y te representarán de las más burdas maneras: convertida en mujer-pez o en mujer-serpiente. Tu enorme belleza nunca será conocida en plenitud.

La tierra rugió otra vez, subrayando aquella maldición. Un terremoto la sacudió. El cielo se oscureció; sólo algunos relámpagos la iluminaban por segundos, para caer de nuevo en la más completa negrura.

Xolotl había corrido hacia el poniente, pero cayó, herido por un rayo. Me sumergí en la laguna, presa del pánico. Pasé largo tiempo refugiada en el fondo, entre el fango. Una vez me atreví a atisbar hacia la superficie, y vi ríos de lava corriendo en todas direcciones; salían unos del pecho de Xinan y los otros, de la boca de Xocotl. Me hundí de nuevo, esperando que el sol venciera a las tinieblas y reinase en el firmamento.

Pasaron muchas lunas antes de que tierra y cielo se sosegaran. Cuando por fin hubo calma y salí del agua, el paisaje había cambiado: ahora se elevaba, tras el anciano Metl tépetl, una montaña imponente: el Xinantécatl. Me quedé mirándolo, hipnotizada. Las dos grandes heridas de su pecho estaban llenas de agua, formando dos lagunas que repetían la luz del sol y, por las noches, la de luna y estrellas. De sus faldas bajaban hilos cristalinos que, en el valle, engrosaban un ancho río. Nadé por su cauce y llegué a los pies de otra nueva montaña: el Xocotépetl, cuyos pies se bañaban en el agua enviada por su hermano mayor.

Como lo predijo el abuelo hemos seguido aquí por muchos siglos; a él y a los hermanos los han adorado numerosos grupos. También a mí, aunque con la desconfianza que se debe a mi espíritu peligroso: voluble y traicionero.

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