Sueños de papel

Por las tardes era necesario pedir periódico a los vecinos, tíos, amigos y hasta desconocidos.

Era una de las semanas más importantes del año.  De nuestro esfuerzo dependía conseguir la soñada excursión: todo “el salón” a La labor, a Santa Úrsula o quizás a visitar algún museo.  Invertíamos muchas horas en acomodar aquellas columnas, medirlas una y otra vez, desmenuzar los periódicos, hoja por hoja, doblarlos al revés para que se inflaran y ganar así unos cuantos milímetros por columna.  Pero había que hacerlo el día de la medición oficial, porque si no, el peso los vencía y perdíamos aquella ventaja milimétrica que alguna chica de segundo o tercero, hermana o prima de Laura o de Magui, nos había soplado.

Por las tardes era necesario pedir periódico a los vecinos, tíos, amigos y hasta desconocidos.   A veces sólo con un carrito de juguete; claro, un hermano o pretendiente con auto era un tesoro digno de envidia.  Entonces sí, ¡a llenar cajuelas!  Luego, almacenar la cosecha en casas, para no ventanear al salón desde los primeros días del concurso y que las demás no fueran a confiarse.  Desde luego, no contábamos con que la estrategia era idéntica en todos los grupos.

El último día era la locura.  Pocos maestros intentaban ya la infructuosa aventura de dar clase.  Los salones se convertían en muladar, mientras filas de chicas, formando líneas de hormigas, acarreaban los kilos y kilos de periódicos y revistas que las sacrificadas mamás, algunos choferes y unos cuantos galanes, traían a la puerta de la escuela, lo más cercano posible a la hora del cierre oficial del concurso.   Otras permanecíamos en el salón, acomodando.

 Yo me las arreglaba para apartar algunas revistas que tuvieran novelas de amor.  Entre el barullo, gritos y locura, encontraba un rinconcito donde nadie se diera cuenta y allí, hundida en papel sucio y un tanto maloliente, devoraba Susy, Lágrimas y risas y las novelas de Corín Tellado.  Mi imaginación cambiaba con eficiencia las fotos y descripciones de los galanes protagonistas por la cara del maestro de francés, M. Procel, gracias a quien aprendí bastante bien por no quitarle los ojos de encima y por seguir, embobada, el movimiento de sus labios, lo cual resultó excelente para la pronunciación.  Leía rápido para no restar los centímetros de mis revistas a la suma total.  Si acaso me quedaba con una o dos, que en el centro de un libro de texto podría seguir disfrutando durante alguna clase aburrida.  Era peligroso, porque si me descubrían aquel material prohibido, tanto en el colegio como en la casa tendría serios problemas.

Mientras tanto, la locura continuaba.  Las encargadas de espiar a los demás salones iban y venían, unas veces alborozadas, otras, alarmadas.   Recuerdo una ocasión en que a una de las chicas –hija, por supuesto, de un funcionario de gobierno de muy alto nivel— le llegó en los últimos minutos un camión completo, lleno de periódico, causando la indignación de toda el colegio, con excepción, por supuesto, de sus compañeras de clase.

Después de la batalla todas quedábamos exhaustas, negras como si trabajáramos en una carbonería y, con frecuencia, llenas de picaduras de pulga.  Más de una noche pasé rascándome y soñando despierta, después del ansiado concurso.  Porque en el Colegio Francés aprendí español y matemáticas, dibujo, francés e historia; a trabajar en equipo y a hacer amigas, a escribir a máquina y a rezar… pero también, sin que Sor Bene o Mme. del Espíritu Santo se dieran cuenta, aprendí a soñar despierta.

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